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Agresiones sexuales, palizas, botellazos, navajazos, insultos, robos. A todas esas tropelías se enfrentan cada noche de fiesta miles de jóvenes en Canarias, que se ha convertido en un territorio sin ley cuando la luz desaparece y los salvajes esperan.

El ejemplo ocurrido recientemente en las escaleras del auditorio Alfredo Kraus, en la capital grancanaria, donde una joven fue atacada y agredida sexualmente por dos menores que deberían estar en un centro, en lugar de en la calle, es solo un hecho más de tantos, en todas las islas. Los jóvenes ya no están seguros en ningún lado.

Y esto no es una cuestión de zonas, ni de edades, ni de recursos económicos. Puedes ir de regreso a casa y ser atacada por dos menores inmigrantes, o puedes estar tomando una copa con una amiga en una discoteca de lujo y ser violada por algún millonario. O quizás quieras defender a una chica que está siendo intimidada por un grupo con complejos de manada y acabas recibiendo una paliza por ello.

Claro que también puedes ir corriendo por el parque Romano y sufrir un robo con violencia que casi te cuesta la vida. La variedad es muy amplia, desgraciadamente. Y cada paso en cualquier noche y casi en cualquier punto se convierte en una lotería que obliga a estar en plena alerta, con la mirada atrás y con el temor a sufrir una agresión.

La violencia ya forma parte de unos jóvenes que se divierten viendo sufrir a otros, dando palizas como actividad obligatoria de la salida y agrediendo sexualmente a mujeres en el peor de los casos. Es la selva. Y parece que no hay solución.

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