OPINIÓN

Mi abuela, mi madre y ellas

08/03/2018

En algún instante la teoría asumida (la igualdad) tropieza con la realidad, y esta suele representarse áspera y tozuda. En mi caso, hubo un momento en el que ya desde la madurez percibí que una cosa era esa teoría y otra la práctica a cuenta del universo de la mujer y sus derechos: cuando mi abuela materna se le diagnosticó un alzhéimer galopante. Entonces, como ocurre con frecuencia, la implicación entre los hermanos no fue igual. Fueron algunas hijas las que comenzaron un camino de sacrificios que duró años. No es nada agradable dejar de disponer de tu fin de semana para dedicárselo a otro, aunque sea la persona que te crio. Eso sí, salvo que lo hagas por cariño y reciprocidad ganada. Pero ya sabemos que el amor y la devoción son valores que desde hace un tiempo cotizan a la baja en este mundo superficial.

«Ya sabemos que el amor y la devoción son valores que desde hace un tiempo cotizan a la baja en este mundo superficial».

Una mañana de uno de esos veranos de juventud que volvía a Gran Canaria porque estudiaba en Madrid, me acerqué al final del paseo de Tomás Morales donde estaba el antiguo hospital Nuestra Señora del Pino a tramitar la ayuda a la dependencia recientemente aprobada. Pasaron varios cursos para que el Gobierno de Canarias iniciara las actuaciones y, como ya intuirán a estas alturas, mi abuela falleció (como tantos otros) sin recibir la prestación. Fue uno de esos supuestos de libro que han proliferado en las islas fruto de la inacción (por no decir desidia) de la Consejería del ramo y donde podía derivarse un expediente por responsabilidad patrimonial de la Administración, pero luego cada familia actúa según su criterio para acudir o no a la vía judicial tras antes encima transitar el recorrido administrativo. A lo que, por supuesto, hay que sumarle el desgaste emocional de observar previamente cómo se va apagando poco a poco la vida de un ser querido.

Hoy, 8 de marzo, conmemoración del Día de la Mujer, cada uno tendrá sus motivos tanto públicos como personales para reivindicar. Y lo hará de la manera que estime más oportuna. El machismo camuflado existe, y de qué forma, en las sociedades desarrolladas como la nuestra que presumen (y hay motivos para ello) de ser una democracia avanzada. Pero aún queda mucho por hacer. Y especialmente en afianzar la igualad y en salvaguardar derechos. Cuestiones esenciales pero que después colisionan con lo que se estila en la calle, en el trato social y dentro de cada hogar. Y es que en la alcoba también concurren relaciones de poder. Y, por cierto, el silencio deliberado, el desprecio y la soberbia igualmente forman parte de ese machismo camuflado.