El PP no se merece este bochorno

Casado cede presionado por los líderes territoriales y también por la evidencia de que Díaz Ayuso es el mayor activo electoral

Editorial -
EDITORIAL - Las Palmas de Gran Canaria

La transparencia es una exigencia ineludible pero transparentar la incapacidad propia para llevar las riendas de un partido político no parece lo más idóneo para ganarse la confianza de la ciudadanía. Eso precisamente es lo que ha hecho esta semana el Partido Popular (PP), una formación que ha tirado por la borda su crédito al embarcarse en una guerra fratricida que deja de momento al presidente nacional, Pablo Casado, como el peor parado, y a su secretario general, Teodoro García Egea, literalmente en ridículo. Es la única conclusión a la que se puede llegar después de que, tras cuestionar en público el comportamiento de la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, Casado ayer diese por buenas sus explicaciones, con lo que el expediente anunciado por el número 2 del partido se cerrará de manera precipitada.

De acuerdo con las dos versiones confrontadas en público, el PP llevaba desde septiembre sospechando de la presidenta madrileña. Pese a ello, no fue a la Fiscalía o al juzgado de guardia. Todo lo contrario: se aparentó un cierre de la crisis por el congreso del PP en esa autonomía y Génova contó con ella para la campaña de las elecciones en Castilla y León.

Entre bambalinas, sin embargo, se mantenía un pulso soterrado, con acusaciones de ida y vuelta y que esta semana estalló de forma virulenta. Se pasó así del aparente deseo de saber qué pasó con las contrataciones públicas en las que participó el hermano de Díaz Ayuso a un divorcio en toda regla, con unos y otros apuntando indicios de actitudes ilícitas en la otra parte. Donde unos sugerían la existencia de un presunto tráfico de influencias, otros veían un espionaje con fondos públicos. Mientras, lo que contemplaban atónitos todos los españoles era, por un lado, a dirigentes políticos sin altura suficiente para el cometido que desempeñan y, por otro, un partido que se desangra. Conviene en esto tener presente que hablamos de un PP que gobernó España, que aspira a serlo, que es el primer partido de la oposición, que está al frente de las comunidades de Madrid, Andalucía, Galicia, Castilla y León y Murcia, así como de numerosas capitales de provincia y municipios de todo tipo de tamaños.

Solo por esto último, esta crisis no se puede cerrar, como parece, en falso. Un encuentro privado entre Casado y Díaz Ayuso no es suficiente para que se olvide lo ocurrido: en primer lugar, porque el caso de las contratas ya está en sede judicial y habrá que ver el recorrido que tienen las denuncias, y en segundo término porque hay responsabilidades políticas que asumir en el ámbito orgánico. Esto no es el error de un diputado que vota que no cuando tenía el mandato de hacerlo afirmativamente; esto es sencillamente dinamitar la credibilidad de la organización, con unos y otros activando el ventilador de las sospechas.

La primera impresión es que Casado cede presionado por los líderes territoriales y también por la evidencia de que Díaz Ayuso es el mayor activo electoral que tiene ahora el PP. Pero un imán de votos sirve de bien poco si no se aclaran las sospechas vertidas por los propios compañeros de organización. Génova no puede permitirse comprar una hipotética victoria electoral de futuro si antes le estalla el caso de supuesta corrupción que hasta el jueves estaba investigando.

Estamos, en suma, ante la evidencia de que un PP desnortado, rehén de una guerra de guerrillas, donde puede que haya algunos líderes pero donde faltan dos valores imprescindibles en toda organización que pretenda ganarse la confianza de los demás: capacidad y autoridad.