BARDINIA

Más nos vale que Joan Baez se quede

30/07/2019

Joan Baez ha dado su concierto número cinco mil y no sé cuántos y último en el Teatro Real. Muchos se preguntarán por qué un mito de la cultura occidental (Joan rebasa con amplitud los límites de la música), que pudo escoger para su despedida de los escenarios cualquier lugar donde se volvió historia y leyenda, como el Arena de Verona, el Olimpia de París o cualquier espacio grande o pequeño de cualquier continente, decidió cantar en público por última vez en Madrid, en un auditorio para solo 1.700 personas, cuando pudo haberlo hecho en cualquier lugar donde ha dado una media de 80 conciertos al año. Joan Baez siempre reventaba taquillas y nunca se hacía de rogar, fuera en una pequeña sala, en lugares abiertos del tamaño del Central Park de New York o incluso en espacios que nunca soñaron ser lugar para la música, como la imborrable granja de Woodstock. Y cerró sus seis décadas de escenarios con solo unas palabras a mitad del concierto del domingo 28 de agosto en el Teatro Real, cuando, entre canción y canción, en su español heredado de su abuelo mexicano de Puebla, dijo: “Este es mi último concierto de mi última gira”.

Y siguió con toda naturalidad, como la noche de hace muchos años, cuando salió al plató improvisado de un programa de Iñigo en el Florida Park del Retiro madrileño, con la única compañía de su inseparable guitarra acústica, dio un rasgueo en Sol mayor y comenzó a entonar Blowin in the wind. Antes del segundo verso, algo se cruzó en su garganta. Paró, carraspeó, dijo “perdón” en su español neoyorkino y comenzó de nuevo con toda naturalidad. Era el invierno de 1977, y en medio de la incertidumbre política del momento (aun no se habían celebrado las elecciones para las cortes constituyentes) en su lengua de trapo perfectamente entendible hizo una loa a la valentía de Pasionaria (faltaban semanas para que Suárez legalizara el Partido Comunista) y cantó la canción de barricada No nos moverán. En aquella España con esperanza pero aun temerosa, aquello sonó como un apoyo y a la vez como un desafío. La cantautora se jugó una buena reprimenda del embajador norteamericano y José María Iñigo su lustroso bigote por permitir semejante arenga en la televisión pública (y única). Esa fuerza y esa naturalidad es la que ha conquistado a millones de personas cuando la han escuchado y sobre todo, cuando la han visto cantar.

«Joan Baez siempre reventaba taquillas y nunca se hacía de rogar, fuera en una pequeña sala, en lugares abiertos del tamaño del Central Park de New York o incluso en espacios que nunca soñaron ser lugar para la música, como la imborrable granja de Woodstock»

Para ella, cualquier lugar era el adecuado, decidió la hora de parar y paró. Seguramente pisará alguna vez más las tablas en alguna actuación especial, o tal vez no, ha echado el cerrojo definitivamente. Con ella se va –pero se queda- el registro de una de las voces más determinantes en la memoria de varias generaciones, pues ha sido una bandera que ha ondeado como pocas en los momentos colectivos más importantes del siglo XX. Nos ayudó a expresar nuestro descontento, con música nos mostró el camino de la rebeldía contra la injusticia, y fue Joan Baez el medio por el que muchos conocieron, incluso dentro de Estados Unidos, que Bob Dylan no era un cantautor más (ni siquiera un gran cantautor más), vio que era un antes y un después. Fue en la voz ya consagrada por el éxito de Joan Baez en la que millones escucharon por primera vez que Los tiempos están cambiando y que La respuesta está en el viento. El trovador de Misessota y ella cantaron juntos muchas veces, y hasta fueron pareja cuando no habían cumplido los veinticinco, aunque eso duró poco. Dylan es muy grande y nada le debe a Joan Báez, pero el mundo sí le debe a ella que nos enseñara la grandeza de Bob Dylan.

Es una magnífica compositora, pero a la vez nunca tuvo remilgos para cantar canciones de otros, que ya eran conocidas, pero que en su voz adquirían un matiz especial. Además de su adicción al primer Bob Dylan, por su guitarra acústica y su garganta han pasado desde John Lennon a Leonard Cohen y dos docenas de compositores a cual más grande y personal: Paul Simon, Natalie Merchant, Stevie Wonders... Se despidió en Madrid con Gracias a la vida, de Violeta Parra. No se olvidó de entonar la mítica canción Joe Hill que también cantó embarazada en el Festival de Woodstock el 15 de agosto de 1969 (hará pronto medio siglo), una canción muy relacionada con España porque, durante la Guerra Civil, la cantaban como si fuera un himno los voluntarios norteamericanos de la Brigada Lincoln.

Y en un tiempo de injusticia, que hace unas décadas tratábamos de conjurar, las fuerzas que creíamos mantener a raya han vuelto a romper las barreras de lo tolerable, los derechos civiles están en peligro, lo más oscuro del ser humano empieza a nadar en piscinas de fango, y la voz que iba delante ya ha dejado de sonar. Los tiempos están cambiando de nuevo, esta vez a peor, pero -Dylan mediante- la respuesta sigue estando en el viento. Gracias, Joan Baez, larga vida.