Un martes cualquiera

Malditas sean las guerras

19/05/2020

«Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen». Esta célebre cita la conocía, pero no la contextualizaba hasta que Julio Anguita nos dejó. Y por eso no era consciente de la carga y la fuerza del fondo del mensaje. No tenía ni idea de que horas antes de una conferencia en Getafe, en 2003, le llegó la noticia de que su hijo había fallecido en la guerra de Irak, dónde trabajaba como corresponsal para El Mundo. Esa fue la frase que le salió desde lo más adentro de las entrañas, desde el dolor antinatura de la pérdida de un descendiente. Hay que tener coraje para enfrentarse a la mayor pena que existe, seguir adelante con el discurso y dejar un mensaje para la posteridad. Perdón, por la reiteración, sé que esta desgarradora anécdota es la que más se ha repetido en los artículos dedicados a un político que ha logrado lo que nunca había visto: unir profesiones, ideologías y generaciones para un reconocimiento a la altura del personaje. Aunque sea en su adiós.

«Que habría pensado Anguita, tan reacio a las manifestaciones si no hay una causa justa por la que luchar, si hubiese visto al indignado que salió en Madrid con su chófer a pedir libertad»

Por Anguita siento envidia de los que coincidieron con él en el tiempo y pudieron tenerlo como referente político, como figura en la que creer y a la que seguir. Mi padre me contó que cuando salió de un mitin suyo en la isla, lo hizo feliz y esperanzado por contar, por fin, con un candidato preparado para cambiar las cosas. El entusiasta Gerardo Iglesias, al parecer, carecía de las tablas de Anguita para conducir al PCE y a IU hasta la relevancia.

El único alivio en su marcha eterna es el consuelo de que la muerte suele corregir las injusticias de la vida poniendo a cada uno en su lugar. A Billy el Niño no le llegaron a quitar sus medallas y expiró su último aliento con los méritos intactos. Pero se fue como un sádico torturador y la sociedad lo subrayó con el cadáver aún caliente. Quedará así para la historia. En cambio, este comunista ha logrado una breve tregua en el enfrentamiento que ya no es contra el virus, sino que vuelve a ser una lucha de clases.

Aunque claro, el alto al fuego fue momentáneo y no acompañado por todos. Las protestas pijas de Madrid continuaron. Que habría pensado el bueno de Anguita, tan reacio a las manifestaciones si no hay una causa justa por la que luchar, si hubiese visto al indignado que salió con el chófer a pedir libertad acomodado en su descapotable. Mejor no torturarle más. Que descanse en paz.