A conveniencia
En política, la coherencia es como el unicornio: no hay partido que no la reclame como propia, pero nadie la ha visto.
Por ejemplo, ... cuando en Santa Lucía de Tirajana varios concejales decidieron cambiar de chaqueta y sumarse a Primero Canarias, aseguraron —con rostro compungido y verbo solemne— que no eran tránsfugas, sino coherentes con sus principios. Allí, pese a que nuestro sistema electoral no funciona de esa manera, la gente «vota a las personas, no a los partidos», y lo suyo era pura lealtad al pueblo. Hasta ahí, poco que objetar al relato: la conciencia por delante de las siglas.
Pero basta conducir unos kilómetros hasta Valsequillo para que la brújula moral se vuelva loca. Allí, cuando una concejala no adscrita decide apoyar una moción de censura, los discursos cambian de tono: de repente, la libertad individual es una traición imperdonable a la voluntad popular. Es decir, en un pueblo se defiende el voto «a las personas» y en el otro se condena a quienes se atreven a actuar por cuenta propia.
La coherencia, ya se ve, es un bien escaso. Cambia de forma según el lado que toque. Cuando el salto de siglas te favorece, es un ejercicio de independencia; cuando te perjudica, una ofensa al pueblo soberano.
Quizá el problema no sean solo los tránsfugas, sino los argumentos de quita y pon. En la política local —esa donde todos se conocen— las convicciones y los chalecos cambian con la misma rapidez que en las grandes ciudades.
Ahora se ha puesto de moda la defensa de la política sin ideología, algo rocambolesco, pero que tiene un bonito relato… salvo cuando se compara. La política sin ideología es como la persona sin principios: inexistente. Sí que hay ideología y sí que hay principios, los que convienen a cada momento.
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