Opinión

Los votos de la afición

11/07/2018

Viva el share, viva los votos. El partido del Mundial de Rusia entre España y la escuadra anfitriona lo vieron 12.790.000 espectadores (72,4%) que en el momento de más pasión, el de la prórroga, alcanzó los 13.835.000 (76,3%). Es el ideal de cualquier cadena de televisión. La utopía de cualquier partido político: la garantía de la mayoría absoluta. La que parece que, por ahora, no volverá. Esa mayoría social, razonablemente homogénea, sobre la que cabalgó Felipe González en la década de los años ochenta, José María Aznar en el 2000 y Mariano Rajoy en 2011. Fue la aspiración de cualquier líder de la oposición que esperaba su turno para reemplazar al inquilino de turno en La Moncloa. Eran los resultados electorales de un país aún sin dividirse, sociológicamente parecido y que pivotaba sobre la prosperidad y la venta a plazos del televisor de las clases medias urbanas. La Gran Recesión de 2008 lo trastocó.

«Asistimos a la resistencia de los más jóvenes por tener en su horizonte las expectativas de sus progenitores: ir a más si uno se esforzaba»

El mayor problema de España es la brecha intergeneracional. Pero casi todos estuvieron viendo el encuentro entre la selección española y la rusa, la caída futbolera antes de tiempo que nos retrotrae a las derrotas ochenteras de un combinado de medio pelo. Volver a ser lo que fuimos tras los éxitos deportivos de la última década al alimón de una sociedad que se desangraba por el desempleo, la precariedad y las nóminas escuálidas. Asistimos a la resistencia de los más jóvenes por tener en su horizonte las expectativas de sus progenitores: ir a más si uno se esforzaba. Sin embargo, eso se acabó en el Viejo Continente.

González abandonó la chaqueta de pana como Aznar se empeñó en su viaje ideológico al centro. Porque cualquier mayoría absoluta exigía, para cosecharla, moderación y mesura en el discurso. La receta perfecta para evitar las exaltaciones ideológicas que conducen a la nada o, en el mejor de los casos, a la melancolía. Incluso, Aznar hablaba a mediados de los noventa de una segunda Transición, adelantándose a lo que ahora esgrime Podemos desde un sentido opuesto. Para el PP tocar el poder era entonces cerrar el círculo después de que el PSOE sustituyera a los rescoldos de UCD. Y detrás de cada viraje electoral y recambio en La Moncloa había una mayoría social que, con o sin fútbol, otorgaba estabilidad al país sabedor de que la situación económica lo exigía. Era el deseo de la generación que fue actor o testigo de la Transición, la que conoció la certidumbre en el empleo y, con suerte, se compraba una segunda casa en la playa. Eran los protagonistas indiscutibles del sueño europeo de la clase media, el anhelo que sus padres de la posguerra no pudieron disfrutar. Se ha hecho añicos. Y los que vienen no saben a qué atenerse y tampoco están para mayorías absolutas.