Primera plana

Los balcones se apagan

02/04/2020

En los primeros compases de la Guerra Civil los milicianos marchaban desde Madrid al Alcázar de Toledo a pegar unos tiros a los sitiados golpistas. Lo hacían a modo de fiesta, en casa les preparaban el bocadillo e iban y venían como si de una excursión de domingo se tratara. La sociedad estaba conmocionada por el shock, los frentes seguían sin estabilizarse y la mayoría pensaba que el alzamiento podía ser sofocado por la República en cuestión de meses; un conflicto prolongado, cruel y sin tregua no se imaginaba. Es lo más parecido, salvando las distancias, a la anomalía actual. Nuestros sanitarios se baten el cobre en centros hacinados u hospitales de campaña. Y cada tarde reciben el respaldo popular, bien merecido, desde los balcones. Pero antes o después corren el riesgo de silenciarse; sobre todo, cuando la crisis económica se personifique en despidos, recortes y malestar social. ¿Quién aplaudirá entonces? Será el momento de las caceroladas, de las manifestaciones y del rechazo político.

No somos soldados sino ciudadanos. Demandamos información, no partes de guerra. Queremos políticos que respondan en la rueda de prensa de sus responsabilidades, no jefes policiales uniformados que encima tienen la desgracia de contagiarse por el coronavirus en estas jornadas decisivas porque en La Moncloa el virus ha entrado con virulencia causando auténticos estragos. Y, por supuesto, no vale que un intermediario lance una batería de preguntas, ejerciendo de filtro, para que luego el compareciente proceda a contestar como más le interese. Si los medios de comunicación son esenciales, si los quioscos abren cada mañana tan solo para vender la prensa y las televisiones no dan abasto con programaciones especiales, una rueda de prensa (de verdad) tiene que comportarse como tal. En el fondo, es el mismo proceder que cuando Pedro Sánchez y Pablo Iglesias firmaron el documento en una sala del Congreso de los Diputados que solo contó con la retransmisión por señal partidista o institucional. No se permitió la presencia de periodistas, no hubo preguntas. Sánchez e Iglesias se escudaron en lo delicada de la situación porque no se sabía si superarían la sesión de investidura. Pues con más razón: en intervalos de incertidumbre o crisis, más necesario que nunca es el periodismo. Tanto que criticaron (y con razón) a Mariano Rajoy por aparecer mediante la televisión de plasma cuando los casos de corrupción salpicaban la agenda informativa y, desde que pueden, los líderes del PSOE y Podemos hacen lo mismo.

«Queremos políticos que respondan en la rueda de prensa de sus responsabilidades, no jefes policiales uniformados que encima tienen la desgracia de contagiarse»

Al Gobierno le interesa pintar que se trata de una guerra para cuando se acabe el coronavirus refulja una sensación de victoria que anime a la tropa que es, siguiendo la narrativa, la sociedad acongojada. Winston Churchill ganó junto a los aliados la Segunda Guerra Mundial y, por el contrario, perdió las elecciones frente a los laboristas. Conviene tener presente los antecedentes históricos. Y puestos a recuperar postales bélicas, el Ejecutivo de coalición puede ser vencido económicamente en la poscrisis sanitaria y batirse en retirada desde el Ebro hasta la frontera francesa como hicieron los últimos activos de la República. El sabor de la derrota es ingrato.

Que los ánimos y el pulso social se reflejen tal cual, sin pretensión de comprimirlos en un metafórico desfile militar. El altibajo moral se sucede como una montaña rusa en la que el desconcierto y optimismo inicial van dando paso a un ramillete de dilemas sobre el futuro que aguarda a cada uno. Cuando aflore la realidad más existencialista, como la que asoló al Viejo Continente tras el término de la contienda, habrá que ventilar muchos interrogantes pendientes sobre qué hacer con la descomposición política que atiza al Estado. Mientras tanto, que no nos vendan crónicas de guerra.