Lo teníamos todo

Ultramar. «¿Cómo ha podido la UD Las Palmas, y no hablo de dinero, dilapidar tanto patrimonio?» Vicente Llorca

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

He sido abonado de la Unión Deportiva Las Palmas durante más de veinte años. Soy de los que pueden cantar: «¡Cómo no te voy a querer, si te he visto jugar en Segunda B!» Y en Primera y también en Segunda. He vivido la amargura de los descensos y la gloria del retorno a la categoría perdida más de una vez. Emigré, con el equipo, del Insular al Gran Canaria y conmigo fue aquella primera vez que mi padre me llevó al entrañable coliseo de Ciudad Jardín. No olvido el olor a hierba recién cortada y también el del calamar asado y el aroma de los puros que muchos consumían en las incómodas gradas de cemento de Fedora o Curva, llenas desde horas antes; tampoco las discusiones entre germanistas y antigermanistas, los riqui raca y, siempre, el orgullo de un fútbol con seña de identidad. Allí jugamos desde el principio, cuando el Victoria, Marino, Gran Canaria, Arenas y Atlético aparcaron sus colores para hacernos uno y llevarnos a estar entre los grandes, a cautivar y también a decepcionar, pero siempre siendo el equipo de todos, símbolo aglutinador de un pueblo que no es pródigo en ellos y que encontró en éste donde canalizar sus sentimientos y cultivar la autoestima.

Al moderno y cómodo recinto de Siete Palmas nos costó quitarle el estigma de que estaba bichado para empresas mayores, hasta que se logró. Drama con el Córdoba mediante, retornamos a la división de honor, a la que dicen que es la mejor liga del mundo y la alegría colectiva, como solo el fútbol sabe dar, nos envolvió. A la ciudad, a la isla entera. Recuperábamos el lugar perdido. Lo teníamos todo. Otra vez el fútbol canario, ese de estilo propio, el de la precisión en el pase, el toque corto, hábil en el regate, paciente en la búsqueda de la profundidad y vistoso, regresaba al Olimpo. Tras infaustas experiencias, con peligro de desaparición incluido, se recuperaba el orgullo y se apostaba, decían, por el estilo de siempre, el de la casa.

Ese día, el del triunfo ante el Zaragoza, con el que volvíamos a la Primera División, fue mi última asistencia al estadio. El retorno a la millonaria categoría cegó a algunos. Me negué a secundar la voracidad recaudatoria de un consejo de administración incapaz de ser sensible a la realidad social que le rodeaba y que castigó a los fieles. Y a partir de ahí, un suma y sigue de despropósitos en la gestión deportiva, en el que no faltaron, tampoco, decisiones que desgarraron la bandera de la UD, la de todos, sin distingos políticos, ni sociales. Lo teníamos todo y, sin embargo, volvemos al foso. El juego primoroso es ahora un recuerdo que nos llena de melancolía ante lo que ahora contemplamos. De seducir a provocar sonrojo. ¿Cómo se ha podido dilapidar tanto patrimonio? Salvo que se trate solo de contabilizar ingresos.

Soy y seré amarillo. Siempre. En la bonanza y en la escasez. Por eso volveré al estadio, porque hay que echar una mano para salvar al equipo, una vez más; porque no es la primera adversidad a la que nos enfrentamos, porque está prohibido rendirse; pero eso sí, con una cicatriz más, por esta otra oportunidad dilapidada, cuando lo teníamos todo.