Voces, palabras

Lo que a veces esconde un libro medieval

21/06/2018

Cuando un litigante investigador quiso estudiar aspectos relacionados con el derecho canónico matrimonial acudió a la biblioteca de la Universidad salmantina. Grande fue su sorpresa: nadie sabe cómo, pero un preservativo escondía su presencia desde tiempos inmemoriales en el libro que el estudioso empezaba a ojear (Cadena Ser).

Nuestro intelectual acudió a tal silente espacio del saber porque su garantía se asentaba en la condición de tercera universidad más antigua de Europa, amén de la mejor universidad pública española en docencia. (Lo otro, el original instrumento hecho con tripa de cordero, ¿fue un casual o sabia premonición medieval?)

Además, su categoría universitaria se debe a un papa: ¿dónde mejor que en tales sapientísimas estancias podría el letrado manejar volúmenes muy anteriores a la invención de la imprenta? Muchos de ellos, incluso, compiladores del saber medieval en legalizaciones matrimoniales... o anulaciones, vaya a saber el preservativo. Pero tal artilugio, monumento a la enhiesta extraversión de quien posara ante matarifes para conseguir el encaje perfecto, lo tenía desconcertado: ¿qué función cumple en un libro de derecho canónico? ¿Acaso una prueba pericial allí olvidada?

Así, concluyó: los libros medievales tienen continentes y contenidos. Los primeros sorprenden muchas veces: su impacto se mezcla con cromatismos, bellísimas grafías manuales, geométricas organizaciones de las mismas... Olores y toques, elementos sensoriales también cargados de experiencias, elevan casi en ascensión ascético – mística a los privilegiados mortales que los manosean.

Y si recrean y humanizan ante vista, olfato y tacto, ¿qué les puedo decir de las recias sonoridades de sus hojas, casi notas divinamente organizadas en serenas harmonías? Son en conjunto, estimado lector, la sensación de reposo y sana visión convertidos en amplitudes de éxtasis, paz y serenidades...

Si todo esto es lo exterior, el continente, ¿qué puede ser el contenido más que ciclópeas verdades, saberes universales, compendios de pensamientos cada vez más enriquecidos desde iniciales traducciones de documentos aristotélicos hasta literaturas y filosofías árabes y judías, latinas, tratados de medicina, ciencias naturales o incluso sobre pecados de la carne en medio de las soledades monacales y de ahí, acaso, la materialización del artificio evitador de sífilis, gonorreas o herpes genitales?

Pero de ahí a que el tomo se hubiera convertido en celoso guardián de un preservativo ya entrado en años (ausencia de látex, carencia de sabores afresados, naranjachinados, amangados...) e inmerso entre las páginas de un libro dedicado al derecho canónico hay, al menos, un impacto emocional. O sabiduría medieval, vaya usted a saber. Pero lo cierto es que el propietario daba una talla sobrenatural.

Si lo comparamos con los ofertados de estraperlo en el Mercado del Puerto (años sesenta del milenio anterior), las diferencias son notables. Y abismales con los de hoy, cargados de impactantes policromías, sensibles tactos, irresistibles fragancias y curvilíneas formas adaptables, que de todo hay en este mundo desarretado.

Así, varios elementos sensoriales fundidos en un objeto de larguísima, normal, mediana o básica esencia, pues el elemento embalado impone sus medidas y no fatuas ilusiones, fantasmadas o timideces, que alguien se ha quedado sorimbado ante tal nimia representación varonil. Pues ángeles caídos del cielo como el de García Márquez solo se dan una vez cada cuatro eras históricas, y casi siempre entre ardorosos climas latinos allá en tierras colombianas, aunque dicen que los cubanos también se deschavetan a la mínima.

Pero déjese ir, amigo. En rigor, los productos exageradamente abaratados no responden a las tales funciones innatas, pues a veces están almacenados por la empresa productora... para su destrucción: unos sobrepasan fechas de caducidad; otros tienen defectos de fabricación, pues se trata de una funda muy fina y elástica hecha de goma u otra materia salvo el aluminio, por razones obvias. Por tanto, como reflexionaría un granaíno, «¡malafollá!» la de tales objetos.

«Y si recrean y humanizan ante vista, olfato y tacto, ¿qué les puedo decir de las recias sonoridades de sus hojas, casi notas divinamente organizadas en serenas harmonías?»

Así, algunos facilitan la revolucionaria acción de bichitos llamados espermatozoides quienes, con mala leche y puñetera venganza, trepan por paredes del látex o evacuan sus cuerpos a través de picadas o roturas para coger el camino no recomendado.

Espermatozoides que, por el tamaño de la palabra, pueden confundir: son microscópicos si no usamos lentes especiales, aunque tampoco veo la necesidad. Pero la sabia lengua griega aportó al español dos nombres: spérma (’esperma’) y zôion (’animal): los franceses añadieron el sufijo –oïde: de ahí la voz.

Este, el espermatozoide con todas las sílabas, viene a corresponder con el llamado ultrasuperior o fantasmal–humano, el de quienes sueltan batatas cuando de las tales supertallas se trata. Y consuela ante probables traumas psicológicos, que ya lo dijo el poeta: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno».

Por tanto, hay mercadería especializada para metrosexuales (cinco sílabas) y al alcance de quienes intentan aparentar lo que no tienen. Ya lo apuntó la Universidad salmantina siglos ha («Quod Natura non dat...», ‘Lo que no da la Naturaleza...’). Sirva como modelo, si no, el documentadísimo en derecho canónico, corderil en sus orígenes.

Algunos pollillos carnavaleros los dejan ver como quien no quiere la cosa... y asoman desde el móvil. Por el contrario, a ciertas respetables edades los utensilios preservados en sus compartimentos se usan como sopladeras para octogenarios cumpleaños: se sueltan al aire cual evocaciones de lo que pudieron haber sido, ojos que te vieron dir... Es decir, son simbólicas representaciones poéticas del rapidísimo paso del tiempo.

De ahí la riqueza de nuestra lengua: para contrarrestar tales disminuciones métricas (acaso decámetras) fluyen construcciones por oposición. Así, «¡Me la sopla!; ¡Tócame la... !; ¡Y una... ; ¿¡Qué deuda ni qué...!?; ¡Estoy hasta la... de tantas chorradas!»... Aunque para sabio, el refranero popular: «Arriba, canas; abajo, ganas»... (¡Mal rayo los parta!)

Frente a tales voces pentasilábicas (metrosexual, profiláctico, preservativo) la gente normal prefiere la españolizada del doctor Condon, bisílaba, y con una o en cada extremo, precintos de seguridad imprescindibles cuando ya no solo se trata de ponerse el mejor disfraz, como dice la canción, sino de garantizar la seguridad de la pareja. Pero cuando se prohíba definitivamente el plástico, ¿habrá libros de derecho canónico para todos, tripita incluida?