Opinión

Lo mejor de la empatía

17/05/2018

Las personas que empatizan tienen media vida ganada, o más. No sé si es una virtud que se hereda genéticamente o se puede trabajar, eso lo dirán otros. Pero los que la practican tienen el éxito personal al alcance de su mano. Sobre todo, porque suelen ser aquellos que han desarrollado la denominada inteligencia emocional. Cuando estás con alguien capaz de empatizar, se detecta enseguida. Te sientas a tomar un café y en un par de minutos ya flota en el aire que estás a gusto, que el otro te entiende (y tú a él) y que todo fluye con normalidad. Ante la frialdad, frente a la inflexibilidad de las posturas, poco puede avanzarse o generar previamente la confianza precisa.

«Aunque, las cosas como son, el derroche de amor no esté bien visto en la sociedad de consumo actual del reinado de los egos donde se fomenta ver a los terceros como instrumentos para tus fines»

No se puede amar sin empatizar. No hay vínculo familiar, de pareja o de amistad que resista las venturas y desventuras de la vida si no puedes (o quieres, que esa es otra) ponerte en el lugar del otro. De hecho, en el cine bélico es frecuente la escena en la que el oficial que está con sus hombres en las trincheras soportando el asedio del enemigo y repeliendo malamente sus ataques a bayoneta calada, intenta contactar con el alto mando pero este se desentiende de sus peticiones de envío de refuerzos y a lo sumo le dice que resista por el deber con la patria. Por eso me imagino, como caso contrario, la enorme cólera que tuvo que brotarle a Hitler cuando se enteró que el general Paulus se rindió en Stalingrado ante los soviéticos, cuando justo antes lo había ascendido a mariscal de campo para que padeciera a toda costa el cerco en nombre del honor. Un regalo envenenado con el que tenerlo atrapado a sus caprichos de mandamás totalitario desde Berlín.

Al final de la película Senderos de gloria (1957), ambientada en la Primera Guerra Mundial, hay una escena en la que los soldados franceses contemplan antes de marchar otra vez al frente el espectáculo de una bella y joven alemana que canta forzosamente para subirles el ánimo. Ellos la observan con bravuconería y desde una masculinidad mal entendida, pero a poco que ella canturrea asoma la emotividad y la tristeza de la tropa frente a la injusticia, el horror de la guerra y el sinsentido de la crueldad. Es la empatía llevada al orden mayor. Sin ir tan lejos, ejerciéndola en lo cotidiano ganamos mucho. Aunque, las cosas como son, el derroche de amor no esté bien visto en la sociedad de consumo actual del reinado de los egos donde se fomenta ver a los terceros como instrumentos para tus fines. Es lo que hay. Que cada uno libre su redención particular.