Ultramar

Lo difícil es desactivar bombas

19/10/2019

Arturo Pérez Reverte contaba recientemente en uno de sus artículos en la revista XL Semanal, que este periódico entrega cada domingo a sus lectores, algunas de sus experiencias con artificieros de distintos cuerpos de seguridad y ejércitos. En el relato, que titulaba Los que cortan el cable rojo, destacaba la fría y eficiente profesionalidad de estos personajes que desactivan bombas, investigan artefactos sospechosos y cosas así con un temple extraordinario y siempre jugándose la vida. Es evidente que no es este un trabajo sencillo, muy al contrario, porque lo fácil es arrojar bombas, lo difícil es desactivarlas.

«Hay muchos incendiarios, con más responsabilidad que los alborotadores, que no están en la calle»

Y bombas las hay de demasiados tipos. Unas son armas de efecto inmediato y otras, las dialécticas, de efecto retardado pero también dañinas e igualmente de compleja desactivación. De ahí que escandalicen las prácticas políticas irresponsables hoy muy comunes, en las que priman los efectismos sin escrúpulos. Que nadie olvide que las palabras no son neutras, no son inanes, que la retórica cala y afecta al mundo y que el desprestigio de la democracia empieza por la degradación del lenguaje. Por tanto esos discursos alimentando las bajas pasiones, apelando a sentimientos eternos y martingalas varias son bombas de muy difícil desactivación una vez que anidan en el imaginario de muchos. Lo que se está viviendo estos días en Cataluña es un ejemplo de lo antedicho. A ver quién y cómo corta ahora el cable rojo.

Los políticos suelen ser muy dados a pronunciar proclamas altisonantes con el ánimo de enardecer a sus respectivas parroquias, como si de un diabólico juego se tratara. Presuponen que esas demostraciones de fuerza están siempre bajo su control, pero las llamas una vez aventadas son difícilmente reconducibles, por más que ellos terminen sentándose en una mesa con sus adversarios pactando un nuevo escenario. El balance al final siempre contemplará un buen montón de daños y, casi con toda seguridad, en la mayoría de los casos pocos afectarán a esos comensales que un día dieron pie a los demonios.

Los revoltosos son culpables, pero no los únicos. Estamos donde estamos como consecuencia de una suma de fracasos protagonizados por quienes se han centrado casi en exclusiva en explotar lo que podría denominarse la democracia emocional aun cuando ello pusiese en solfa la credibilidad de este sistema. Hay muchos incendiarios, con bastante más responsabilidad que los alborotadores, que no están en la calle. Lo que está sucediendo es inadmisible. A ver quién lo desactiva. Hacen falta líderes con temple extraordinario, fríos y eficientes. ¿Los tenemos?