Primera plana

Lo absurdo de la guerra

15/01/2020

Cuando se estrenó 1917 el pasado viernes, un servidor acudió a la primera sesión de la tarde. Le avalaba la buena crítica y lo cierto es que no falló. Hay tareas que es mejor ejecutar cuanto antes. Es una película soberbia, dura pero impecable. Y amén de su recreación, el esmero en los detalles y la ambientación, lo logra con creces. La minuciosidad con la que fabricaron las trincheras (desconozco si son reales, si es así habría que visitarlas) permiten unas escenas muy creíbles. La trama es sencilla: dos soldados británicos reciben el encargo de llevar una comunicación a otro regimiento que se encuentra alejado y presto al alba a ejecutar un ataque contra los alemanes del que se sabe de antemano que va a ser una carnicería. Una ofensiva inútil. Uno de los mensajeros tiene precisamente a su hermano entre ellos por lo que se toma el compromiso con mayor urgencia si cabe. Aquí es donde tiene un aroma que recuerda a Salvar al soldado Ryan (1998).

«La trama es sencilla: dos soldados británicos reciben el encargo de llevar una comunicación a otro regimiento que se encuentra alejado y presto al alba a ejecutar un ataque contra los alemanes del que se sabe de antemano que va a ser una carnicería»

La crueldad de la guerra, el miedo, la camaradería, el hambre, el frío y el lodazal del frente, el sinsentido de la muerte... Todo esto está en esta obra que constata cómo la Primera Guerra Mundial (la llamada Gran Guerra hasta que irrumpiera la de 1939-1945) fue de permanentes avances y retrocesos, un estancamiento que para ganar un poco de terreno al enemigo había que pagar un alto precio. Y esto sucedía mientras unos, la plebe, se jugaban la vida entre alambradas y ráfagas de ametralladoras, cuando no sorteando bayonetas, mientras otros, los altos oficiales, se dedicaban en la retaguardia a mover sus fichas sobre planos bien ilustrados. En realidad, el esquema siempre se repite y seguirá siendo así en tanto en cuanto el universo bélico persista para solucionar los conflictos en última instancia. Unos siempre se sacrifican por otros. O, en lenguaje orwelliano, todos somos iguales pero unos lo son más que otros.

Sin duda, la película tiene sus particulares homenajes a Senderos de gloria (1957). No solo por el ir y venir de la soldadesca en cada una de las trincheras, que también, sino porque al final hay una escena (no adelanto nada) de un grupo de combatientes que escuchan cómo uno de ellos les canta con una voz hermosa que transmite una sensación de paz insuperable. Esta parte es la versión moderna de aquella otra de la película dirigida por Stanley Kubrick cuando la tropa francesa, también en el tramo concluyente, pasan de las arengas patrióticas al silencio de la sensibilidad cuando escuchan a una alemana que igualmente les canta. Uno de esos instantes en los que la condición humana, por suerte, deja a un lado los fervores, las banderas, los intereses comerciales y de los poderes fácticos. Detrás del uniforme lo que resta son los anhelos, los temores y el afán por sentir entre la vida y la muerte que acecha como ocasión y tragedia.