La ministra Irene Montero, esta semana, en el Congreso de los Diputados. / Europa Press

Todo tiene un límite

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

No es admisible, no nos merecemos los debates, por llamarlos de alguna manera, que se están dando en el Congreso de los Diputados. Cualquier patio de instituto desprende más sensación de urbanidad y de civilización que las últimas sesiones de la Cámara Baja. Pero, con todo, Vox se saltó demasiadas líneas rojas en su ataque personal y denigrante de hace unos días a la ministra de Igualdad Irene Montero.

La libertad de crítica y de expresión que, por fortuna, están garantizadas en nuestra Constitución no pueden ser una puerta al insulto y a la humillación pública, y menos en un hemiciclo donde sus miembros no solo se representan a sí mismos, sino a toda una sociedad.

¿Quién protagonizó esa salida de tono? Vox. ¿A quién cabe pedirle mayor responsabilidad en su legítimo y necesario derecho a hacer oposición? A Vox. Pero a la vista que con este partido no hay manera, va siendo hora de que la presidencia del Congreso deje de mirar para otro lado y tome cartas en el asunto.

¿Por qué no adopta medidas disciplinarias? ¿Por qué un comportamiento así, tan antidemocrático, en la sede de la soberanía popular y nacional, no tiene mayores consecuencias? Un diputado o diputada que falte el respeto a otro, sea del partido que sea, ha de ser expulsado del hemiciclo y posteriormente sancionado. Y si no hay reglamento que lo regule, habrá que redactarlo.

En una democracia las instituciones son vitales. Son parte de sus endebles pilares. Y el Congreso es casi su columna madre. Desprestigiarla traerá graves consecuencias.