Desde mi sofá

Las carreteras

Imagine que circula por una carretera de su isla y que de repente se le viene encima un alud de piedras, como ocurrió la pasada semana en el sur de Gran Canaria.

Lo sucedido en la GC-500 es un ejemplo más del pésimo estado de conservación de la mayor parte de las carreteras del archipiélago. Y eso que cada vez las lluvias son más escasas, porque cuando vienen con fuerza, como sucedió en 2015, las vergüenzas viarias quedan aún más al descubierto –recuerden Telde–.

Las partidas presupuestarias municipales, insulares, regionales y estatales para su conservación y mejora son ingentes. Pero de nada valen. Se trata de un desembolso casi inútil por dos cuestiones que van entrelazadas.

Los males del presente quedaron fijados desde el origen. Si desde que se mueve la primera piedra las cosas no se hacen como se debe, poco o nada se puede hacer a posteriori para solucionarlo.

A esto se suma que la mayor parte de las intervenciones para reasfaltado, mejora y mallado de laderas adyacentes son parches. Lo que se busca no es solucionar las carencias para que perduren en el tiempo.

El objetivo es salir del paso, escurrir el bulto de forma chapucera. El que venga detrás (en la institución pública correspondiente) que se busque la vida...

Al final, todo se reduce a una cuestión que me dejó claro en una ocasión un veterano ingeniero de obras públicas. «Las caídas de piedras o muros cercanos a las carreteras y la mayor parte de los problemas que detectas en el firme se deben a todo lo que se robó en un principio y en los remiendos», me dijo con rotundidad. A estas alturas no hace falta decir que en este país y en estas islas, algunos son auténticos maestros en este arte tan lastimoso y extendido.