Crónica de un confinamiento

La tibieza de una cuarentena muy relativa

25/03/2020
ETIQUETAS:

Habrá quien me considere un tío con suerte. Porque tener un perro, un trabajo que eventualmente te obliga a moverte y un familiar dependiente es oro molido en estos tiempos. Y no les voy a negar que disfruto. Con vergüenza y pesar, pero disfruto de esos instantes de libertad. Salir, saludar a los militares de la UME que parece que se han encariñado de mi calle, y respirar. Y eso que lo que peor llevo de mi tibio encierro no es tener un pequeño piso de 70 metros cuadrados por casa, sino la incongruencia de que dentro de las escasas excepciones, las obras sean una de ellas. Hasta la coronilla estoy del taladro de los vecinos y su constante martilleo. Así el teletrabajo se convierte en una odisea difícil de llevar y mi único escudo es agarrar los auriculares y poner a todo trapo la lista Peaceful Piano en Spotify. Viva el heavy metal.

«Mis circunstancias personales me obligan a saltarme continuamente el encierro y no me siento nada orgulloso del alivio que esto me supone. Por ello, mucho ánimo a los que no tienen perro ni excusa para salir y que cumplen a rajatabla con su misión ciudadana»

Por eso cuando subo a la finca familiar de Valsequillo, donde vive mi padre, aprovecho hasta el último instante. Por momentos paso frío en el césped o en nuestros paseos, pero eso de tener lo que te niegan es impagable. Y no, no me siento orgulloso de esa satisfacción. Les prometo que es por necesidad mayor, son actividades fuera de mi claustrofóbico hogar que no puedo permitirme dejar de hacer. Pero eso no quita que mis actos no tengan consecuencias. Si todos hicieran lo que yo, de esta pandemia no escapábamos vivos. Por eso mi reconocimiento y profundo ánimo a los que sus circunstancias no les obligan a salir sino para comprar el pan. Lo primero que harán muchos cuando esto acabe será hacerse con una mascota. Previsión ante futuras pandemias.

No me canso, en mis habituales y repetitivos trayectos, de admirar el paisaje. La quietud, la soledad. La belleza de las calles y aceras vacías, la sensación de sentirme Will Smith en Soy Leyenda cuando saco a Tomy por Telde. Que lástima que esta estampa idílica sea producto de una crisis sanitaria que está acabando con miles de vidas. Sin embargo, mi posición de relativo privilegio no me está dejando aprovechar el tiempo en actividades que imaginé se convertirían en cotidianas una vez se confirmó la cuarentena.

Ni estoy leyendo más, ni mi Netflix echa humo. No me he enfundado aún la ropa de deporte y mis habilidades al Fifa siguen intactas. Pero si hasta tengo un puñado de ropa acumulada esperando a ser planchada. Las videollamadas, en cambio, sí se han sucedido. Es extraño que con el encierro nos hayan aumentado las ganas de vernos el careto a mis excompañeros de la Complutense y a mi. Quizá tantas historias en Instagram de amigos con Skype nos empujó a recordar viejas batallas y sentir que ya no estamos tan lejos. Al menos no más que de nuestros familiares o vecinos. En esta situación todas las distancias se equiparan.

En fin, que por ahora lo llevo bien pero igual cualquier día de estos me rapo la melena. Necesito estímulos, acción. Y a lo mejor verme con la cabeza como una bola de billar hace que se me quiten las ganas de salir. Esconderme sería la mejor solución. Oye, ¿y por qué no? Voy a darle una vuelta al asunto. Estoy entre eso o grabar a mi madre mientras sujeta con la escoba un vaso lleno de agua apoyándolo en el techo. Que esto pase rápido por favor...