Opinión

La rutina política

04/09/2018

Reencontrarse con el inicio de septiembre es hacerlo con los madrugones, el tráfico, el bullicio urbano y el rostro mal encarado de algún compañero de trabajo. Esa cotidianeidad tan nuestra con la que toca convivir a partir de ahora, salvo que pertenezcas al club de los que aún tienen sus vacaciones pensadas durante el otoño. Una forma de vida que nos atañe a todos con independencia de que fuese el mismísimo Manuel Fraga o Santiago Carrillo de estar todavía bien vivos y sentando cátedra sobre la actualidad amén de los galones ganados durante la Transición.

Hubo un periodo, el del esplendor del bipartidismo, en el que se solía asemejar la política económica del PSOE y del PP con las mínimas diferencias que concurren entre la Coca-Cola y la Pepsi. Es decir, saliera lo que saliera en las urnas (la voz del pueblo) las variaciones prácticamente pasarían desapercibidas con el inquilino de turno instalado en La Moncloa. Tal es así, que la gran preocupación del PP en la campaña electoral de 2008 era sacar un primer espada de la economía (Manuel Pizarro) que intentara hacer sombra al entonces ministro Pedro Solbes que poco después, barruntando la magnitud de la crisis que ya se atisbaba, estaba deseando marcharse del Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero.

«En este curso político que acaba de empezar no habrá panorama de refrescos semejantes por los que optar»

En este curso político que acaba de empezar no habrá panorama de refrescos semejantes por los que optar. El enfoque del tema catalán, la exhumación del cadáver del dictador del Valle de los Caídos y el aumento de impuestos a las rentas más altas son claves de enjundia que por sí solas garantizan que habrá trifulca parlamentaria. A partir de este instante, la Cámara será un espectáculo más que nunca pensado especialmente para la opinión pública, olvídense de los grandes consensos o de una hipotética reforma constitucional que nunca llega. Lo que se espera es otra cosa: una recuperación del bipartidismo que implica previamente intensificar las posiciones propias en aras de orillar fórmulas como la de los partidos emergentes que ya no lo son. Dicho de otra manera, si el PSOE y el PP aspiran a recuperarse electoralmente conlleva sí o sí redoblar la confrontación. Es una paradoja, no cabe duda, pero la política está repleta de estas cosas que solo el paso del tiempo le otorgan sentido.

Si algo tiene de positivo el bipartidismo del modelo británico es la estabilidad que ofrece. Fue el ideal que hace más de un siglo importó Antonio Cánovas del Castillo para su rey Alfonso XII y que permitió que la Restauración borbónica fuese un ciclo de paz política inimaginable para lo que era habitual en la Historia de España. Y hay un intento, tan solo uno por ahora, por el que Pedro Sánchez y Pablo Casado pueden desplazar terceras vías que no cuajan.