Ultramar

La loca de Lanzarote

02/11/2019

Antonio Betancor, un ilustre en esto del periodismo en Canarias, publicó recientemente una amplia crónica, en formato de libro, en la que recoge una concienzuda investigación sobre uno de los hechos más deleznables de la historia judicial de las islas, el crimen de María Cruz y la condena, por este, de su hermana Petra, ocurrido en 1919 en el caserío lanzaroteño de Teseguite, y en la que relata los hechos y tropelías sufridos por una inocente, torturada, vejada, violada, que terminó muriendo enloquecida y de hambre en la cárcel.

«’El caso de las hermanas María y Petra Cruz’, luz y retrato de una mísera sociedad no tan lejana»

Pero El caso de las hermanas María y Petra Cruz, así se titula el libro, además de hacer justicia a quien fue víctima de la más clamorosa injusticia es también, y sobre todo, el escalofriante retrato de una sociedad mísera, como era la lanzaroteña, y la canaria toda, de hace tan solo un siglo, en la que el analfabetismo alcanzaba el 77%, la maldición de la sed pesaba sobre sus moradores, anulados en su mayoría por el sometimiento, los caprichos y la corpulencia del caciquismo y a donde se desterraba a jueces, las más de las veces por incoar delitos electorales a caciques, pero que, en aquella atmósfera asfixiante, terminaban sometiéndose a los dictados de estos. El juez que inició la causa contra Petra, en la que se sucedieron las omisiones y temeridades, llegó a presidir la Audiencia Territorial. Así eran las cosas. No lo olvidemos, por mucho que hayamos cambiado.

Tres pendencieros, ávidos de hacerse con cuatro perras para seguir la juerga, mataron a María Cruz en una noche de farra, pero fue su hermana Petra, como consecuencia de un «monstruoso error judicial», según lo calificó la prensa de la época, a la que mataron en vida, aun cuando los vecinos sabían de la injusticia que se cometía. «En aquel entonces el temor a la justicia, tan extendido entre nuestros campesinos, y a la venganza de los matadores sellaba los labios». Sin embargo, la memoria colectiva hizo pervivir el horror que ahora ilumina esta desgarradora crónica.

Pero este libro es también un viaje al periodismo de antaño: el descriptivo, humano, de rico vocabulario, sin ahorro en la palabra, animando a la lectura, alejado de las prisas, deleitando en la crónica, por el que desfilan ilustres de la prensa isleña como Francisco González Díaz, el creador del Día del Árbol; Luis Diego Cuscoy, uno de los mejores investigadores de la arqueología insular; Leandro Perdomo, seguramente el mejor cronista de Lanzarote y Agustín de la Hoz, uno de los más celebrados escritores conejeros. Todos se hicieron eco de «nuestro crimen de Cuenca». A esa galería se suma ahora Antonio Betancor, alumbrando toda la verdad.