Primera plana

La intrahistoria de un periódico

15/05/2019

Paso con frecuencia por el periódico, quizá una vez por semana. A veces, hay panoramas políticos o asuntos diversos que tratar. Otra veces es el ida y vuelta de rigor que uno mismo se marca y que, a nivel personal, confieso que me oxigena. Pisar la Redacción despeja la mente, o al menos es así para los que nos apasiona el periodismo (y la política) y ejercemos de columnista que, en términos militares, es un francotirador que va por libre distanciado del Ejército regular pero que de cuando en cuando hace sus visitas al campamento base. En un periódico (y en un partido político) se aprende mucho de la condición humana, tanto en su lado bueno como malo. En unos se enciende la generosidad, la empatía y la altura de miras y en otros impera las rencillas, los celos y el sectarismo. Es ley de vida.

«Guste o no, no hay espacio para el periodismo romántico. Sobre todo, desde que el público se ha acostumbrado a no pagar por los contenidos periodísticos y vive instalado en la cultura del todo gratis»

Por eso he leído de un tirón el libro que se acaba de publicar titulado El director (Libros del K.O.) en el que David Jiménez narra su paso como responsable de El Mundo. Jiménez estaba acostumbrado a ser corresponsal y en la distancia permitirse el lujo de no recibir dictados del jefe de turno y, de repente, le ofrecen un cargo que al aceptar se tropezará con una realidad interna en la que se mezcla las bajas pasiones de los compañeros con las presiones políticas que le transmite el propio editor del diario.

Guste o no, no hay espacio para el periodismo romántico. Sobre todo, desde que el público se ha acostumbrado a no pagar por los contenidos periodísticos y vive instalado en la cultura del todo gratis. Un periódico es una empresa y, por lo tanto, no se escapa naturalmente a esas reglas. Si Jiménez pecó de ilusión o fue un mártir, será una conclusión a sacar tras leer su libro que a aquellos que les inquieta el oficio no dejará indiferente.

En un encuentro que organizamos en Madrid en el Colegio Mayor Chaminade con el que era entonces director de ABC, José Antonio Zarzalejos, este llegó en coche oficial. Recuerdo la anécdota porque me sorprendió: no estaba en mi pensamiento como estudiante. Todavía no había asomado la crisis económica y desconozco si el que ocupa ahora el cargo seguirá moviéndose así por la capital. Pero una cabecera rezuma poder (o contrapoder) y si los directores de los diarios nacionales disponen de un chófer particular para transitar por la capital y visitar las dependencias oficiales por algo será. Hay despachos en los que se solventan causas poderosas. Y al parecer a Jiménez le superó la situación o le pudo su código de principios. Cuenta que un día al volante y acompañado por sus hijos pequeños recibió la llamada de Mariano Rajoy en la que quiso desgranar cuál era su plan para Cataluña. Él salió del paso como buenamente pudo al utilizar el manos libres en medio del trance familiar. Pero lo cierto es que Rajoy le llamó. Las portadas siguen siendo temidas.