Opinión

La guerra en las empresas

16/04/2018

En las empresas convive la brecha generacional, que viene a ser el principal problema de este país. No es que concurran intereses contrapuestos, que siempre es lo natural, sino que las reglas para apreciar a unos u otros (jóvenes o de mediana edad) son muy diferentes.

Por un lado, tenemos a los jóvenes que tratan de hacerse un hueco en el mercado laboral. Y, por lo tanto, crean contenidos, generan proyectos o elaboran informes en aras de aportar un valor añadido. Sin embargo, el problema está cuando se confunde valor y precio o, mejor dicho, cuando aparentemente ya nada es lo que era. Tiene mucho que ver Internet y la digitalización del ámbito laboral que sobrelleva una especie de marea donde el rebumbio no distingue lo valioso de lo que no lo es. Pero la realidad a la hora de la verdad responde a parámetros clásicos. Cualquier empresario sabe en el fondo, otra cosa es que no le interese reconocerlo, lo que es meritorio y lo que no. De hecho, los hay que se aprovechan de las ganas de la juventud.

«Puede que lo próximo sea un capitalismo desnaturalizado o solidario donde convivan las reglas tradicionales del mercado (la ley de la oferta y la demanda) con lo gratuito».

Por el otro, tenemos a los trabajadores de mediana edad que accedieron al itinerario laboral en un universo analógico, pautado por ascensos y reconocimiento de trienios y que ahora se ven superados por una transformación a los que algunos no saben cómo adaptarse. Y esto, en los que se sienten personalmente más indefensos, conlleva que miren con recelo a los que vienen empujando. Se atrincheran en su blindaje contando los años para jubilarse. Pero ya no observan el interés de la empresa sino el negociado particular. Van a lo suyo que supone a la par frenar desde sus lagunas el afán de las generaciones más jóvenes. El problema lo vivirán en carne propia cuando comprueben que sus hijos se las verán y se las desearán para albergar un horizonte laboral similar al que ellos disfrutaron.

Puede que lo próximo sea un capitalismo desnaturalizado o solidario donde convivan las reglas tradicionales del mercado (la ley de la oferta y la demanda) con lo gratuito. Sería a la larga lo más parecido al fin del capitalismo. Otro asunto es que llegue a suceder. Ya en su momento los obreros pretendieron acabar con las máquinas en plena Revolución industrial y la Historia siguió su curso. Y, por supuesto, estará por ver cómo conjugar esta plasmación laboral con la sostenibilidad de las pensiones. Sin ir más lejos, basta con comparar las que disfrutan algunos al cumplir la edad legal de jubilación con los salarios de los puestos de trabajo que se están creando con la recuperación económica. Esto no aguanta mucho.