Bardinia

La farsa y el chiste de la magdalena

15/05/2018

Los personajes del actual momento político y social que se vive en España se parecen mucho a los del renombrado chiste de la magdalena, cada cual sigue en su mundo, repite su discurso y nunca se abre una vía para la intersección. Son como islas que se ven en el horizonte pero entre ellas no hay manera de viajar, no existe siquiera un bote, una balsa, algo a lo que subirse para alcanzar otras orillas, porque nadando es imposible por la enorme distancia que parece agrandarse cada día. Cuando alguien trata de aportar aunque solo sea un tablón que flote, desde todas las islas llueven las descalificaciones, las etiquetas insultantes y las acusaciones de que se está con las tesis de los otros.

Todas las acepciones que tiene la palabra diálogo describen un intercambio de ideas e incluso hay una que invoca la avenencia. Ninguna de las actitudes –y me temo que las aptitudes- que se exhiben cada día en los parlamentos y en los medios, indican que pueda haber una remota posibilidad de diálogo pensando en el interés de la gente. Sin diálogo, es imposible la política, porque a todos se les llena la boca con esa palabra, pero a la hora de la verdad entienden que negociar con otros es que estos suscriban punto por punto lo que se les propone. Es decir, se sientan a una mesa –cuando se sientan para hacer el paripé- con unas posiciones enquistadas, y así no hay manera de alcanzar acuerdos.

Hay una evidencia cada vez más clara: no quieren acordar nada, solo escenifican sus posiciones para alimentar su cuenta de votos. En el asunto que ahora más nos ocupa y preocupa, Cataluña, los llamados constitucionalistas reman en su beneficio, enarbolando siempre el mismo e inamovible discurso, aunque ahora Ciudadanos se pone gallito y reclama más dureza, mantener en vigor el artículo 155 indefinidamente, lo que sería una ilegalidad porque en el texto que lo puso en funcionamiento dice claramente que decaerá en cuanto haya nuevo gobierno en Cataluña. Pero es que, encima, reclaman una aplicación más dura, porque seguramente tendrán indicadores de que eso les hará subir puntos en su parroquia. El PP, como siempre, se encomienda al azar y la necesidad, esperando que los problemas se solucionen por sí mismos, hecho que nunca ha sucedido ni sucederá en política. No se sabe qué puede esperarse del PSOE, depende de quien hable, de la fuerza del viento, de la hora y de la temperatura ambiente.

Si bien es cierto que desde el gobierno Central y los poderes que lo alimentan se ha hecho todo rematadamente mal, en la otra isla tampoco pueden ponerse medallas. Hay muchas cosas que no se entienden; no cambian de registro ni habiendo comprobado que la comunidad internacional no está por apoyarlos –y menos aun lo europeos por aquello de las barbas del vecino-, que más grave que abrir una brecha con el resto de España es partir en dos es Cataluña que tanto dicen amar, que inexplicablemente han creado una especie de ser supremo que dicta, asiente y otorga estrategias desde Berlín. Y podría entenderse que esto sucediera en el partido de la derecha tradicional catalana, pero cuesta más explicarse por qué Esquerra Republicana, un partido con muchos años de historia y coherencia, que se ha opuesto durante años a las políticas del pujolismo, comulgue ahora con esa piedra de molino que empieza a tener un halo esotérico. Entiendo más que los de Puigdemont y la CUP –con ideologías opuestas por el vértice- remen en la misma dirección porque seguramente esperan que, una vez conseguida la hipotética independencia, uno se comerá al otro, y olvidan que Ezquerra, una parte de PSC y Comú-Podem concitan una cosecha electoral que en cualquier situación no va a dejar que los dos extremos jueguen solos.

Pero como ya ni hablan entre ellos, cada cual tira de su maroma y a ver hacia dónde va el barco, porque ya no se trata de que se hablen distintas lenguas, es que para cada uno de los actores los conceptos significan cosas distintas. Así, vemos que usan términos como transperencia, legalidad, legitimidad, libertad, democracia, justicia y otras tantas (también sus opuestas) con contenidos exactamente contrarios a los otros. Está claro que no es cuestión de lenguas ni de conceptos, es que se ha llegado a la ineptitud colectiva para la convivencia. Y como en el chiste citado, aun habiéndoles dicho y repetido que se ha agotado toda la repostería de horno, Polichinela, Arlequín, Colombina, Scaramouche o Pantaleón, actuantes de la Comedia del Arte en esta gran farsa, cierran su comanda pidiendo al camarero una magdalena para arrancar las risas. Y, la verdad, en este contexto, no tiene gracia.