Del director

La falta de atención a los mayores

24/03/2020
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Se supone que esta crisis que estamos viviendo sirve para sacar lo mejor de cada uno de la sociedad en general. Lo digo por las reacciones solidarias, esos vecinos que se ofrecen a hacer la compra a los que tienen dificultades en materia de movilidad, los mensajes de ánimo que se entrecruzan perfectos desconocidos, los esfuerzos colectivos por hacer más llevadero el confinamiento, que se alargará al menos una quince más... Pero también el estado de alarma sirve para que nos demos cuenta de cuestiones que habían quedado aparcadas, casi como residuales, con colectivos que sufren unos estragos todavía mayores precisamente por esa dejación. Me refiero sobre todo a las personas mayores, víctimas preferente del coronavirus no solo por su edad y las patologías que puedan arrastrar, sino en muchos casos por cómo se les ha tratado.

Entre las competencias que asume el Ejército está el entrar a saco en las residencias de mayores y garantizar que se da un trato digno. Ayer la ministra de Defensa, Margarita Robles, señaló que los militares se estaban encontrando con estampas difíciles de asumir, como es el caso de ancianos a los que se había abandonado con otros fallecidos al lado.

Estamos hablando del Primer Mundo. De una España que se sentaba y se seguirá sentando entre las economías más desarrolladas del planeta, un país que hasta ayer daba lecciones de crecimiento y que presumía de un modelo de bienestar envidiable. Pero también de un España donde los mayores parece que molestan. Y ciertamente suponen una carga. No hay más que preguntar a quienes atienden a los dependientes y el riesgo que padecen de sufrir el síndrome del quemado. Sin embargo, no está de más recordar que hubo generaciones enteras que enfocaban la cuestión de otra manera: la prioridad era garantizar que la persona anciana vivía con dignidad y el resto asumía cierto sacrificio para ello. Eso fue en una España que no se sentaba en el G20, de manera que la conclusión no puede ser otra: el problema no estriba tanto en el dinero disponible como en las prioridades. A veces donde no llegan los recursos, debe llegar la humanidad.

Espero que esos episodios que relató la ministra de Defensa no queden registrados a mero título de inventario. No hace falta un estado de alarma para comprender que estamos hablando de comportamientos inaceptables en lo ético y castigables en lo legal.

Nadie se merece acabar así. Y menos los que nos trajeron a este mundo.