Opinión

La dictadura de la telebasura

20/02/2020

Hubo un momento en la historia de los medios de comunicación de este país en que se produjo una transformación en los contenidos de la televisión, a partir del cual se instauró un modelo de consumo de la información hasta entonces impensable. Ese período fue finales de la década de 1990, cuando comenzó a emitirse el programa Tómbola (1997-2004). Su argumento se basaba en entrevistar a distintas personas relacionadas con el mundo de la farándula y la prensa del corazón, bajo una línea que buscaba sacar lo peor del entrevistado y generar la máxima polémica posible, alimentando paulatinamente esta última con comentarios posteriores de otras que aspiraban con su mezquindad a un estatus de famoso.

De la noche a la mañana, cientos de caras anónimas, cuya vida había pasado hasta entonces desapercibida para el resto, se transformaron en un referente para una parte importante de la sociedad, atraída por sus historias de éxitos y fracasos y en la que la incultura se imponía de manera generalizada. Entonces, en su vocabulario cobró fuerza los términos «exclusiva» y «colaboradores», asociados a un patrón de comunicación y profesión que valía más que una noticia de un corresponsal de guerra.

A ello se le sumaron diversos modelos de convivencia temporal, bajo unas condiciones, donde se trataba de observar y medir el grado de vulnerabilidad de cada participante y fomentar la competitividad para que apareciese la conflictividad.

«Su nivel de contaminación alimentó paulatinamente a una sociedad que fue víctima de una crisis de valores»

Tómbola fue la avanzadilla de la incongruencia de la telebasura, representada luego por el Gran Hermano (2000-2017), Salsa rosa (2002-2006), Aquí hay tomate (2003-2008) y Sálvame (2009-), entre otros. Millones de telespectadores los apoyaron discusión alguna porque reflejaba una verdad innata a la mayoría de nosotros: por un lado, la necesidad de conocer los aspectos más ocultos de los demás y regodearnos con sus desgracias; por otro, la admiración o idolatría que sentimos por quienes alcanzan un estatus social alto, vinculado a ese mundo de la fama, sin dejar a un lado su posible caída en desgracia.

La misma clase media-baja que soportaba estoicamente el peso de los impuestos de este país y que se creía realizada dentro del estado del bienestar, se convirtió en un agente pasivo detrás del televisor. Hablar de la felicidad o desgracias de otros e invertir parte de las horas del tiempo libre en escuchar sus historias fueron las herramientas perfectas para que la clase política siguiese controlando cada uno de los movimientos del pueblo. Aunque esta última criticaba esos programas, en realidad los utilizaba para que la televisión no constituyese un lugar de debate sobre cuestiones socioeconómicas ni para formar culturalmente al pueblo con una base crítica.

Por entonces, la corrupción ya era evidente en este país y no se cuestionaba la dependencia bancaria. Mientras tanto, en los hogares fue penetrando el lenguaje soez, la violencia física y verbal, la exaltación del materialismo, la potenciación de la relaciones personales para ganar dinero, el machismo, el mensaje continuo de que las mujeres jóvenes aspiraban a quedarse embarazas como única vía para cimentar una relación sentimental y la garantía de que unas determinadas cualidades físicas eran sinónimo de ese éxito tan anhelado por todos.

Su nivel de contaminación alimentó paulatinamente a una sociedad que fue víctima de una crisis de valores. Belén Esteban fue la muestra de la inversión cultural a la que se llegó: mientras la Princesa del Pueblo ganaba millones, miles de licenciados y doctorados emigraban por la crisis económica de 2008 para buscar una oportunidad laboral fuera de un país que los expulsaba de su sistema económico. A la par, Jorge Javier Vázquez era el nuevo paradigma de comunicador, ganando el Premio Ondas 2009 al mejor presentador. Hoy, seguimos adormitados en la misma ignorancia.