Editorial

La crisis y los partidos

04/01/2020

Se rompen las costuras de la Segunda Restauración. Y se palpa que es irreversible. Primera consideración: esta legislatura está encaminada a una transformación significativa del modelo territorial del Estado, con posible reforma constitucional, o fracasará. Segunda consideración: más vale que el PSOE acierte o pagará un precio ante su electorado más jacobino de la España interior frente al de la periferia; esto es, la pugna de los intereses de los votantes a los denominados barones frente a los del PSC. El PSOE se juega todo a una carta. Este mandato, dure lo que dure, será un punto de inflexión o una aceleración del declive del sistema del 78. En resumen: regeneración o asfixia constitucional.

El acuerdo entre el PSOE y ERC, plasmado en la creación de una mesa de diálogo que aborde el conflicto político, que lo es, debe originar una norma estatutaria que vaya más allá del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006 luego alterado por el Tribunal Constitucional en la STC 31/2010. Es decir, que el encaje de Cataluña pasará por un proyecto que asiente el federalismo asimétrico o abogue por una posición protoconfederal. Será un tiempo que recordará al del Plan Ibarretxe y destilará la convicción de que las nacionalidades históricas no tengan el mismo tratamiento de autogobierno que el resto. Que no cabe expandir el régimen común de las comunidades autónomas a los territorios, Cataluña y País Vasco, que precisamente con su impulso nacionalista fueron los que expandieron la descentralización a los demás. Una pretensión que ya asomó durante la Segunda República y que un Gobierno de coalición de izquierdas, si se confirma, tendrá otra vez que afrontar.

Sin embargo, la realidad parlamentaria es la que es: la mayoría que respalda a Sánchez es pírrica y en cualquier momento la legislatura puede truncarse. Y desarrollar la acción de gobierno en estas condiciones es someterse a una dosis de inestabilidad enorme que, de agudizarse, podría finiquitar el itinerario público de Sánchez. Y, pase lo que pase, no habrá que esperar mucho para medir la elevada tensión política; no ha arrancado el Ejecutivo de izquierdas y ya se constata la guerra sin cuartel entre una bancada y la otra. Por lo tanto, el árbitro que decidirá si esto sigue o se acaba será siempre el soberanismo catalán.

La crisis en Cataluña se ha extrapolado al sistema político estatal. Y esto implica una catarsis que antes o después era inaplazable encarar. El inconveniente es que sin el PP, a efectos prácticos, no es factible la consolidación de cualquier reforma territorial pues enseguida, junto a Vox, interpondrá recursos de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional. Y volveremos a las andadas de aquella etapa protagonizada por José Luis Rodríguez Zapatero y el tripartito catalán. Parece que este puede ser el ciclo decisivo en el que todos se retraten, se tantee la viabilidad constitucional actual y se trastoque la composición del arco de partidos pues no hay conflicto constitucional persistente que no acabe por incidir en la oferta de siglas políticas. Se sabe cómo se entra en una crisis constitucional pero nunca cómo se sale de ella. Es un periplo arduo para la supervivencia electoral de cada uno de los partidos. Y esto vale para el PSOE como para las demás formaciones.