...y los gatos tocan el piano

La belleza del ajedrez

21/07/2019

Luisa del Rosario

Pocas cosas superan en belleza una partida de ajedrez en la que ambas contrincantes ejecutan certeramente cada jugada y, solo al final, una de ellas aprovecha una minúscula debilidad para alzarse con la victoria gracias al sacrificio de una pieza de gran valor. Sin embargo, y como alguien dijo una vez, la belleza del ajedrez es solo eso: belleza. Una belleza sin trascendencia que no traspasa las sesenta y cuatro casillas del escenario. Es por eso que asimilar la política al ajedrez tiene mucho de pueril, cuando no de cinismo.

A diferencia del ajedrez, que es un simple juego de mesa, la política es el modo de que muchísimas personas logren sobrevivir en una sociedad cada vez menos dada a la solidaridad espontánea. En la supuesta partida política, lo importante no es la belleza intrínseca de la jugada, sino sus consecuencias: si mejoran o no de forma efectiva la vida de las personas, en particular de aquellas menos beneficiadas por la mano bien visible del mercado.

Por eso, que Pedro Sánchez y su alter ego, Iván Redondo, sean grandes estrategas los amerita, si acaso, para participar en campeonatos de ajedrez u otros juegos similares, donde, tal vez, puedan monetizar, para su beneficio personal, tan sobresaliente talento. Pero ese mismo talento los convierte en sujetos poco deseables para la vida política y, lo que es no menos importante, para mejorar la desprestigiada imagen del PSOE, cuya sinceridad por lograr una sociedad mejor está en entredicho. Ambos han trabajado muchísimo en estos últimos meses para su beneficio personal y para salvaguardar los intereses de las clases privilegiadas, buscando, de todas las maneras posibles, impedir que entrara en el Gobierno un partido que, no nos engañemos, tan solo a duras penas ha sido capaz de mantener una mínima llama de esperanza de que algún día se pueda entender la política como la lucha contra la injusticia.

En cualquier caso, no conviene equivocarse pensando que solo al PSOE le aqueja esta visión de la política como un juego. Esta afección está muy extendida, y no solo entre la clase política de todos los partidos, sino también entre los medios de comunicación y parte de la ciudadanía. Todos aplauden, como forofos, la brillante estrategia de su líder carismático preferido en aras de conseguir la jugada maestra que derrote a todos los rivales, la partida más bella y perfecta. Esta es la miseria que nos está tocando vivir.