Crónica de un confinamiento

Jugar e imaginar para salir de esta prisión

06/04/2020
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En circunstancias normales hoy estaría pletórica. Me habría levantado ilusionada y dándole vueltas a la cabeza con qué ropa meter en la maleta para ese viaje de cinco días que iba a iniciar el miércoles para pasar la Semana Santa en Granada. Un destino ideal para estas fiestas aunque el motivo de viaje no era turístico ni religioso sino familiar. Esa ciudad era el lugar que habíamos elegido desde navidades la familia para volver a vernos tras cuatro meses sin vernos. Ellos viven en Cantabria, de donde soy, y yo, en Gran Canaria.

Hoy hubiera sido un día magnífico en el que mis hermanas y yo nos hubiéramos enredado pensando, planificando y discutiendo (con esa intensidad amorosa con la que discuten los hermanos) dónde podríamos ir a comer y qué día íbamos a volver a visitar La Alhambra y me hubiera reído con mis padres pensando en las fiestas nocturnas que iban a montar los cinco niños de la familia, que la lían cada vez que se juntan. Pero todo se ha ido al traste. Me he quedado compuesta y si novio, como suele decirse. Así que hoy, frente a la alegría con la que tendría que levantarme, salto de la cama triste, embajonada y hasta enfadada porque, tal y como le ha sucedido a muchos españoles, las compañías aéreas con las que iba a viajar (Vueling y Norwegian) no me devuelven el dinero de los billetes. Me tengo que conformar con un bono para un futuro viaje con lo que me expongo a perderlo. En fin, todo son buenas noticias.

Ha sonado el despertador y vuelta a la misma rutina que se viene repitiendo en las últimas tres semanas: leo las noticias, desayuno y vuelta al trabajo. Levántate, come, recoge y vuelta al trabajo, con una precisión temporal que hace que te olvides el día de la semana en el que vives.

Menos mal que tengo a mi niña chiquitina Isabel, que me rompe la rutina y me lleva a imaginarme de vez en cuando otros mundos. Durante esta cuarentena y gracias a sus juegos hemos ido a la playa, hemos bajado a un hotel al Sur, nos hemos bañado en su piscina y hemos celebrado con payasos y muchos invitados el cumpleaños de alguna de sus muñecas. Esos momentos me han ayudado a desengancharme de la realidad y a olvidarme de contagiados, enfermos y fallecidos, de confinamientos y virus y de una vida que, desde hace tres semanas, se reduce a cuatro paredes que se han convertido en una cárcel.

Gracias a su imaginación ella, su padre y yo salimos de casa, vamos al cine, hacemos picnic y merendolas en el campo y viajamos, y yo respiro... Esa ha sido mi fortaleza en esta cuarentena. Esa y los retos absurdos que cada día me plantean mis sobrinos por wasap. Me he visto haciendo cosas inimaginables y ridículas pero me he reído mucho y eso, en estos tiempos tan angustiosos, no tiene precio.

Al igual que mi ventana, que he tenido la suerte de que da a un Hiperdino, lo que me permite testar que ahí fuera aún hay vida. Las colas que se forman a su puerta es uno de nuestros juegos diarios. ¿Cuántos hay?, pues hoy no ha mucha cola, pues mira cuánta gente... Así nos entretenemos para después, volver a ponerme yo a trabajar mientras ella se va con su muñeca Lola y sus amigas al parque.