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Lavarse las manos

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Tribuna libre ·

El protagonismo de la historia se ha invertido: antes los alemanes hacían sufrir a los judíos y ahora el estado israelita hace sufrir a los palestinos. ¿Eran unos sinvergüenzas los alemanes? No. Son ahora sinvergüenzas los judíos. No

José Antonio Younis Hernández

Profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

Lunes, 22 de enero 2024, 23:26

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No sé si después de este artículo vendrán a por mí. Puede que los servicios secretos de Israel no me den mucha importancia, pues solo soy alguien que ha desarrollado su conciencia moral, pero no tengo armas de destrucción, tampoco grandes e importantes contactos en las élites sociales, solo lágrimas reales de condolencia por Gaza y los palestinos. Es lo único que tengo.

El silencio cómplice del genocidio que seguimos viviendo del gobierno israelita contra los palestinos es sonoro, tanto como esta cita del pastor luterano Martin Niemöller a propósito de la Segunda Guerra Mundial por el genocido contra los judíos, entre otras razones: «Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre».

La cita de Niemöller tiene mucho mérito y pulso histórico, porque Niemöller simpatizó con las ideas nazis y de extrema derecha, pero cuando vivió en propia piel la abominación humana perpetrada por Hitler y sus seguidores, se retractó públicamente, lo que le valió que la Gestapo lo arrestara y lo encarcelara en calidad de preso político durante los siguientes ocho años, hasta su liberación por los aliados.

La cita denuncia que los alemanes fueron cómplices de la persecución y el asesinato de millones de personas por parte de los nazis. Ahora, el protagonismo de la historia se ha invertido: antes los alemanes hacían sufrir a los judíos y ahora el estado israelita hace sufrir a los palestinos. ¿Eran unos sinvergüenzas los alemanes? No. Son ahora sinvergüenzas los judíos. No. La respuesta del situacionismo nos enseña, con miles de experimentos como prueba contra el sentido común, que los factores de personalidad explican menos de lo que pensamos habitualmente. El situacionismo rechaza las explicaciones basadas en la personalidad, en las diferencias individuales de rasgos de carácter o en supuestas esencias genéticas. El situacionismo destaca la importancia de estudiar cómo las situaciones específicas influyen en el comportamiento y las decisiones, considerando factores como el contexto social, las normas sociales, la presión del grupo y otras variables situacionales del entorno al analizar el comportamiento humano. Es importante tener en cuenta que el situacionismo no niega por completo la importancia de las características personales, pero enfatiza que el contexto y las situaciones son condicionantes cruciales, si no determinantes, del comportamiento.

Las palabras de Niemöller, aunque se le ha citado con múltiples variaciones y con referencias a distintos grupos oprimidos, siempre contiene la misma enseñanza de fondo: el silencio cómplice de los indiferentes al dolor humano, especialmente los que ostentan posiciones de autoridad moral como lo fue para Niemöller la iglesia protestante alemana. No digamos ya de autoridad política, cuyo silencio e inacción es patente. Acciones con palabras ha habido, sí, pero nada se ha llevado a la práctica como se llevó a cabo con las sanciones de la UE hacia Rusia, por la guerra contra Ucrania.

La idea de la cita refleja la importancia de la solidaridad y la responsabilidad colectiva en la defensa de los derechos humanos, que al ignorar o ser indiferentes ante la opresión sufrida por otros grupos, se está creando un precedente peligroso que puede volverse en contra de cualquiera en el futuro. La última línea, «Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre», resalta el arrepentimiento y la impotencia de aquellos que no actuaron cuando tenían la oportunidad. Es un recordatorio de la necesidad de estar alerta y actuar contra la injusticia desde el principio, antes de que sea demasiado tarde.

No me cabe duda de que la indiferencia lleva a la desconexión moral con el perseguido u oprimido. Es fácil desconectar moralmente, tal como muchos países, especialmente el gobierno Biden, hace ahora. Los mecanismos de desconexión moral son pensamientos y juicios utilizados por las personas para justificar comportamientos inmorales. Bandura, conocido por sus estudios sobre la desconexión moral, sostiene que regimos nuestras relaciones con normas morales de autocensura, pero estas normas pueden ser dejadas de lado en ciertas ocasiones. La autocensura moral puede desconectarse de la conducta incorrecta debido a «triquiñuelas psicológicas». Su teoría de la desvinculación moral se presenta como un mecanismo de resolución de disonancia cognitiva (incoherencia entre lo que haces y lo que piensas) que surge de la interacción con situaciones y que busca desactivar los sentimientos de culpa. Se destaca que esto no debe entenderse como un rasgo de personalidad, sino como una respuesta a la disonancia cognitiva en contextos específicos.

También Bertolt Brecht, el destacado dramaturgo y poeta alemán, abordó la falta de solidaridad en varias de sus obras y escritos. Una de sus citas más conocidas sobre este tema es la siguiente sobre el analfabeto político: «El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales».

Esta frase destaca la importancia de la conciencia política y la participación ciudadana para evitar la falta de solidaridad y comprender cómo las decisiones políticas afectan directamente la calidad de vida de las personas. Brecht abogaba por la participación informada y activa en la esfera política como un medio para construir una sociedad más justa y solidaria.

Y si ahora unimos la actitud moral del mensaje de Niemöller con la conciencia política de Brecht el resultado se llama Refaat Alareer, periodista, profesor, intelectual y escritor palestino recientemente asesinado por el ejército israelita. Escribió este poema, que me ha dado a conocer el filósofo canario Miguel Ángel Robayna y que cito en horizontal por el espacio disponible: «Si he de morir, tú has de vivir para contar mi historia, para vender mis cosas y comprar un trozo de tela y algunos hilos, (hazla blanca con una cola larga) para que un niño, en algún lugar de Gaza, mientras mira al cielo a los ojos esperando a su padre que partió entre las llamas– sin despedirse de nadie, ni siquiera de su propia carne, ni siquiera de sí mismo– vea la cometa, la cometa que tú construiste, volando allá en lo alto y piense por un instante que un ángel está allí trayendo de vuelta el amor. Si he de morir, que mi muerte traiga esperanza, que se convierta en leyenda».

Este poema hizo llorar a Judith Butler (y debo confesar que a mi mismo), una prestigiosa intelectual feminista norteamericana, mientras razonaba que había una importante deshumanización de los palestinos para justificar el genocidio.

En el contexto del conflicto en Gaza, diferentes actores han empleado diversos mecanismos de desvinculación moral para lidiar con la disonancia cognitiva que surge de participar, apoyar o ser indiferente ante acciones consideradas inmorales contra el pueblo palestino. Estos mecanismos podrían incluir la deshumanización de los implicados, el uso de lenguaje eufemístico para suavizar la gravedad de ciertas acciones, o la atribución de la responsabilidad a otras entidades. La deshumanización implica tratar a las víctimas como si no fueran seres humanos, devaluándolos y reduciendo la empatía. Por ejemplo, en el contexto palestino-israelí, los agresores deshumanizan a los palestinos al referirse a ellos como «objetivos» en lugar de personas, o como recordaba Butler, cuando un general israelí dijo «no hay civiles palestinos», lo que significa que no hay muertes de civiles, que no hay abolición de la ética de la guerra, no hay crímenes de guerra, no hay crímenes contra la humanidad, no hay genocidio.

Bandura relata cuatro tipos de mecanismos cognitivos que justifican las razones que nos llevan a cometer actos inmorales, aún sabiendo que estamos actuando incorrectamente. Estos mecanismos se pueden aplicar a la desconexión moral que se está teniendo con el pueblo palestino: a) La reconstrucción de la conducta en sí misma, de manera tal que ésta no se percibe como inmoral. (No estoy matando, sólo estoy defendiéndome de terroristas; b) La agencia en la operación o acto, de modo que el perpetrador puede minimizar su rol en la comisión del daño. (No soy el único que mata, los de Hamás también lo hicieron); c) La percepción de las consecuencias que se derivan de las acciones, de modo que estas se minimizan (Los daños colaterales a la población civil no se pueden evitar, son los mínimos en una guerra, no hay mala intención); d) La manera de considerar a las víctimas del maltrato, devaluándolas como seres humanos o culpándolas por lo que se les hace. (No hay civiles palestinos).

Un experimento realizado por Zhong y Liljenquist en 2006 reveló que las personas tienen un fuerte deseo de lavarse literalmente después de actuar en contra de sus creencias, como si el agua contribuyera a limpiar la parte del cerebro donde se encuentra la conciencia. En ese experimento, se dividió a los participantes en dos grupos, uno recordando una acción poco ética y otro una acción ética. Después, se les ofrecieron obsequios, y el grupo que recordó la acción poco ética eligió significativamente más toallitas húmedas que el otro grupo. Este hallazgo sugiere que la necesidad de compensar acciones contrarias a las creencias se puede mitigar mediante el acto de lavarse.

Poncio Pilato es un precedente, por eso mataron a Jesucristo. Pilato se lava las manos en un intento de distanciarse de la decisión de condenar a Jesús a la crucifixión, declarando que no encuentra culpa en él, pero que cede a la presión de la multitud. La evasión de la responsabilidad moral o ética de una decisión sobre esta crueldad insufrible contra las personas del pueblo palestino no deshumaniza a los gobernantes, pero los hace moralmente responsables, aunque se pasen por agua la conciencia.

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