Voces, palabras

¡Joder, qué tropa!

01/09/2018

Desde su retiro político, y a pocos meses del voto de censura que le arrebató la presidencia del Gobierno, el señor Rajoy contempla con aparente desapasionamiento la realidad de las cosas desde la otra orilla, ajena esta al poder omnímodo que tuvo durante muchos años. Aunque, eso sí, rascado y amulado por el comportamiento de intrigantes compromisarios: dieron al señor Casado la victoria como nuevo presidente del PP frente a la señora Sáenz de Santamaría, su preferida. ¡Gente sin honor, pardiez, traidores a su palabra!

Aquel día le sucedió al señor Rajoy lo mismo que al conde de Romanones ante la frustrada pretensión de ser elegido miembro de la Real Academia Española durante una de sus tres etapas como presidente del Consejo de Ministros. (Hubiera sido la masterizada culminación curricular pues, además, fue concejal, alcalde, diputado, presidente del Congreso, del Senado, varias veces ministro, miembro de distintas academias...)

Cuando supo el resultado de la votación exclamó la frase que se ha perpetuado en nuestro idioma: «¡Joder, qué tropa!». Se refería a los académicos votantes: todos le habían prometido su incondicional apoyo... mientras ejercía como jefe del Gobierno. Pero el plebiscito se celebró –vaivenes de la política- cuando el conde había pasado a la oposición. Consecuencia directa: no obtuvo ni un voto.

El señor Rajoy había trabajado a una buena parte de los compromisarios, como hizo el conde con los académicos. Así, cuando le comunicaron el resultado masculló para sus adentros aquello de «¡Joder, qué tropa!». A fin de cuentas nadie, absolutamente nadie hubiera osado contradecir al Supre mo -el inmensamente aplaudido Patriarca- mientras confluyeron en sus manos los cargos de presidente del Gobierno y del PP. Pero ya lo sentencia el refranero popular: «Quien mucho te alaba, cuando no te necesita te la clava».

La tal emputada exclamación no era nueva para él. Ya en 2006 la había lanzado a los aires, harto de la feroz pugna entre la señora Aguirre y el señor Ruiz Gallardón. El obsesivo egoísmo de ambos producía muy graves escisiones en el PP madrileño, desordenado por las luchas internas. El señor Rajoy, como castigo, les vetó su inclusión en las listas para el Congreso: «¡Joder, qué tropa!», expresó casi a voz en grito.

Dos años más tarde pregona nuevamente su «¡Joder, qué tropa!» cuando comunicó ante el Comité Ejecutivo Nacional la celebración de un congreso para elegir al nuevo líder. Y como él buscaba «lo mejor para el PP y para España», será candidato. Fue entonces, emocionado y pletórico, cuando mira fijamente a la enfervorizada asistencia y desde el corazón se deja querer aún más y exclama: «¡Joder, qué tropa!». Pero con una grandísima diferencia: la «tropa» le era absolutamente fiel. A fin de cuentas él revisaba con lápiz rojo las listas de candidatos.

Y ante el desprecio e infantilismo del señor Hernando (exportavoz del PP en el Congreso); la torpeza histórica de la señora Castro, alcaldesa de Güímar, y las precipitadas reacciones a la muy hábil jugarreta del señor Echenique (secretario de Organización de Podemos), tomo prestada la famosa secuencia para detenerme en estos tres conocidos personajes por su condición de políticos en ejercicio.

La portavocía de un partido en el Congreso es cargo de muy alta responsabilidad: están en juego no solo la identidad del propio partido sino el control interno de cualquier iniciativa y la unificación de criterios. Por tal responsabilidad al señor Hernando se le suponen coherencia, raciocinio, sólida argumentación y madurez.

Sin embargo no solo llegó a comportamientos impropios (a punto de liarse a piñas con el señor Rubalcaba) sino que fue terriblemente agresivo, inhumano y cruel con las víctimas del franquismo («Algunos se han acordado de su padre cuando había subvenciones para encontrarlo»). Y llega al infantilismo cuando responsabiliza al señor Sánchez de que la española Selección femenina de fútbol perdiera frente a Japón... tras la visita del presidente al equipo.

Por su parte el señor Echenique se alegra ante la posibilidad de aprobar los Presupuestos sin pasar por el Senado, donde el PP tiene mayoría absoluta. La llama, malévolamente, «mayoría absoluta espuria que no se corresponde con su fuerza electoral».

La voz espuria (la forma espúrea está muy extendida) tiene un primer significado: ‘Bastarda, que degenera de su origen o naturaleza’. En segunda acepción se refiere a ‘falsa, fingida.’ (Estoy seguro: el científico del CSIC conoce ambos significados). Pero ocurre que los usuarios la relacionan casi exclusivamente con bastarda; y tal limitación lingüística llevó a muchos -cayeron en la echeniquesca trampa- a reclamar su cabeza política ante la «insolente consideración». (Sospecho el regusto del señor Echenique, valleinclanesco «cráneo privilegiado»: se refería a «mayoría absoluta falsa»... Aunque –añado- conforme a las leyes, como la presidencia del señor Sánchez.)

La señora alcaldesa de Güímar es todo un Teide hecho cuando volcanea su filosófico intelecto: le gustaría para su epitafio «Aquí murió Carmen Luisa Castro, la alcaldesa de Sálvame», acaso regia casa del sosiego, la reflexión y el pensamiento. Porque Ideas, lo que se dice conocimientos puros y racionales, los tiene la dama desde tiempo ha, incluso desde antes. Tal es así que el escritor místico Paul Brunton copió párrafos completos de algún libro publicado por la señora alcaldesa... ¡sin citarla!

No obstante, un perverso periódico (es la valleinclanesca «canalla de la Prensa») afirma lo contrario: fue su vocación amanuense o copista quien llevó a la franquísima alcaldesa a plagiar al señor Brunton en un reciente artículo. (Destaca el malvado canariasahora -¡mal rayo lo parta!- las literales transcripciones de textos sin entrecomillar o mencionar la fuente.)

La señora aspirante del PP a la presidencia del Cabildo tinerfeño teme al «dictador» Sánchez, empeñado en sacar a Franco del Valle de los Caídos: «Me parece triste que se destierre la figura de Franco», comenta desde su rigurosa convicción democrática, casi pacíficamente revolucionaria. Y la sensibilidad de una española patriótica avalada por el PP de Güímar erupciona ante el destierro: «¿Traer a Güímar los restos de Franco?» (Diario de Avisos).

¡Joder, qué tropa! (Por cierto: ¿qué dice su partido?)