Papiroflexia

Imprudentes e incendiarios

16/08/2019

La historia del fuego se repite. Las imágenes de las voraces llamas arrasando verdes hectáreas, el perfil en combustión de cadavéricos pinos y los desalojos de vecinos asustados se repiten cada verano. Los factores que desencadenan un incendio pueden ser muchos, algunos climáticos como la sequía, pero todos son evitables por ser provocados por comportamientos delictivos, incluidas las imprudencias. No tienen menos culpa del fuego las administraciones, que en su afán de austeridad también han recortado en medios contraincendios. Además, no se ha hecho la limpieza necesaria en el invierno, coartando también la iniciativa de agricultores, ganaderos y oriundos; por no hablar del abandono del sector primario, auténtica garantía para tener una cumbre viva.

En los dos incendios declarados en Gran Canaria de los últimos días se han vivido condiciones muy peligrosas después de que el campo se volviese una gigantesca pira capaz de llevarse todo lo que se le pusiese por delante. Agradecimiento eterno y todos los honores para las muchas personas que se han jugado la vida, y lo siguen haciendo, para extinguir las llamas. La herida tardará en cicatrizar años, pero el verde volverá a ganar al gris ceniza. Siempre.

«Mi homenaje y todos los honores para todas las personas que se han jugado la viva contra las llamas»

Seguimos sin aprender la lección. Aún conociendo el endémico mal que nos amenaza cada verano, sigue faltando una labor más eficaz en la conservación del campo. Y el reproche no es solo para los políticos, el fuego también se debe a la falta de conciencia medioambiental en un territorio frágil como Canarias. Porque siempre detrás del fuego está la mano del hombre, de imprudentes o incendiarios.

El primer perfil es el que desencadenó el fuego en la cumbre. No seré yo quien juzgue al autor, pero su imprudencia no fue ponerse a soldar a 30 grados junto a la maleza un sábado de verano. Eso solo fue una torpeza. La imprudencia fue subestimar el entorno y el poder de una chispa. Cometió el mismo desdén que el guarro que deja basura en el campo o en la playa, el que tira un envoltorio a la calle o la colilla por la ventana con el coche en marcha. El segundo caso se dio en Cazadores. La mayoría enfermos pirómanos, incendian un terreno con ánimo de lucro, de venganza o por mera diversión. A estos, a los que se deleitan mirando el fuego, habría que tenerlos mucho más vigilados.

Aunque sea paradójico, el imprudente es más peligroso. El enfermo es previsible. Todos podemos convertirnos en incendiarios con actitudes imprudentes, siendo desconsiderados con el paisaje o por falta de educación. Y luego volveremos a llorar cuando veamos las islas arder.