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I have a dream... todavía

12/12/2018

Gaumet Florido

Tengo por costumbre reflexionar con mis hijos sobre valores que me gustaría que defendiesen en su vida. Y da la casualidad que este martes aproveché un trayecto en coche para hablarle al más pequeño, de casi 10 años, de un derecho fundamental que no todas las sociedades ni las instituciones ni las personas reconocen: que todos los seres humanos somos iguales, más allá del color de su piel, su procedencia, su género o su orientación sexual, y que, además, tienen derecho a que se les reconozca como tal. Aproveché, claro está, adaptándome a su nivel de madurez, para explicarle lo mal que durante cuatro siglos se portó parte de la humanidad que entendió que los negros eran seres inferiores y a los que, por tanto, podía esclavizar y poner a su servicio. Por fortuna, ese verbo, esclavizar, no estaba todavía en su vocabulario, y tuve que detenerme a desmenuzárselo.

Más difícil que cambiar las leyes es cambiar las mentalidades. Queda camino, pero hay esperanza.

¿Pero si los negros ganan casi todas las carreras?, me soltó, incapaz de comprender que hubiera un tiempo, no hace mucho, en que en EE UU los negros no podían ir al mismo baño que los blancos, o que debían cederles su asiento si coincidían en la guagua. Le saqué a colación aquel líder estadounidense que lideró un movimiento para luchar contra la segregación racial, Martin Luther King. Le conté aquella multitudinaria manifestación en la que pronunció su famosa frase: I have a dream. Y también le dije que en parte su sueño se cumplió cuando se suprimieron aquellas estúpidas leyes y el país inició una nueva era que culminó con la elección del que fue el primer presidente negro de la historia de EE UU, Barack Obama, quien, por cierto, ya le resulta conocido. Lo ha visto en la tele.

Pero todo ese hipotético mundo feliz se me vino abajo este mismo martes, cuando en el telediario que tenía puesto su abuela vio cómo cuatro o cinco policías norteamericanos actuaban violentamente contra una ciudadana negra que trataba de evitar que le quitaran a su bebé. Entonces me miró, como preguntándome si no habíamos quedado en que las cosas habían cambiado. Y sí, han cambiado, pero no tanto como para que la igualdad sea real. Más difícil que cambiar las leyes es cambiar las mentalidades. Queda camino, pero hay esperanza. A su generación, eso espero, le toca acabar el trabajo.