Ultramar

Gracias a la vida

16/02/2019

Juan Cruz decía que los isleños somos ingenuos e indefensos porque nos cercan el mar, el cielo y la nada, por partes iguales, y en medio estamos nosotros creyéndonos, como es natural, el centro del mundo. El horizonte nos abraza y, demasiadas veces, como en el poema de Josep Lluis Aguiló, recogido en el delicioso regalo que es el ejemplar de la revista Litoral dedicado a las islas, «hay visitantes que ven a los nativos/ como gente calmada,/ son quienes confundieron/ con abulia e indolencia/ la contención precisa/ para sobrevivir en esta isla./ Sabe el isleño contenerse siempre;/ ponerse pleitos pero saludarse».

«Antonio Lozano nos amplió el horizonte a los isleños y nos permitió disfrutar de más abrazos»

Así hemos sido hasta que llegó Antonio Lozano, un tangerino, isleño como ninguno de todos nosotros, porque allá donde fuera, y fueron muchos los lugares, nunca estaba sino que de allí era. Y aquí tuvimos la fortuna de tenerlo casi siempre. Hombre de abrazos cálidos, como isleño, también se dejó abrazar por el horizonte, pero a los demás, que ahí nos quedábamos, nos lo amplió y nos permitió disfrutar de más abrazos: en lo físico, en lo humano, en lo intelectual.

Y si aquí acostumbramos a contenernos, pero también a ponernos pleitos sin dejar de saludarnos; él, contenido, no sólo alimentó los saludos sino que enseñó a aunar voluntades para desterrar los pleitos. Los parabienes recibidos, porque los atesoraba todos, desde los rincones y sectores más dispares tras su reciente marcha, son el más clamoroso ejemplo de que se trataba de una persona capaz de concitar encuentros y entendimientos entre quienes quiera que fuesen. Para él no había diferentes. Por eso, su tozudo empeño y compromiso en mantener vivo el recuerdo del drama de la inmigración, de los malditos de la tierra, convencido de que mientras viésemos a los otros como diferentes el problema seguiría existiendo.

En estos tiempos de desencuentros, de recuerdo nostálgico del entendimiento que una vez existió y logró la concordia en este país, Antonio Lozano era el consenso. Lo hacía verdad, desde el compromiso, derrochando bondad, creatividad, capacidad de seducción, sentido de la amistad, sabiduría, transparencia, con casa de puertas siempre abiertas y familia acogedora, amor por el arte, sobre todo por el teatro y la literatura.

Nos trajo narradores orales, escritores, teatreros de tres continentes. Nos regaló narrativa y producción teatral. Nos paseó por el mundo sin fronteras, pero, sobre todo, nos hizo mucho más multiculturales, cosmopolitas, diversos, de lo que jamás pudiéramos haber imaginado, con ese don irrefrenable que atesoraba de contagiar entusiasmo para estar permanentemente construyendo.

Haber disfrutado de su vida, seguir disfrutando de sus enseñanzas, de su ejemplo, nos engrandece. Por eso, gracias a la vida por tamaño regalo.