Bardinia

Galdós, Sisita y el nacionalismo

23/04/2019

De vez en cuando le escribo, don Benito, para ponerle al corriente de cómo están las cosas por esta dimensión, ya que usted casi fue profeta de casi todo lo que le ha ocurrido a España en el siglo XX y lo que llevamos del XXI. Siempre invito a que lean “Doña Perfecta”, una novela que usted escribió con 32 años y que fue publicada en 1876. Da la impresión de que está narrando la actualidad con los mismos argumentos y las mismas fuerzas políticas, económicas, sociales e intelectuales.

Hoy le escribo porque está usted de moda por dos razones; una es porque se presenta en estos días la novela de Santiago Gil “El gran amor de Galdós”, en la que se cuenta su pasión de juventud por su prima Sisita, su linda cubana como usted la llamaba, que posiblemente fue un factor que hizo que cambiase su vida y que determinó que se marchase a Madrid y se convirtiera en el escritor universal que todos conocemos; la otra razón es que estamos en época de elecciones, y ya sabe que en campaña se sueltan las lenguas y se habla más que se piensa, hasta el punto de recurrir a su nombre y sus palabras para apoyar ideas que a menudo no casan con lo que se le cita.

Una de las cosas que más sorprenden es el uso que una parte del nacionalismo canario suele hacerse de su obra y de su pensamiento, expresado en artículos, discursos e intervenciones en el Congreso cuando fue usted diputado. Ignoro si ese sector del nacionalismo que recurre a ellas en sus arengas conoce el contenido de las palabras que pronunció usted el 9 de diciembre de 1900 ante sus paisanos en un homenaje que se le tributó en Madrid. Ese discurso, conocido luego como “La Fe Nacional”, es un canto a la españolidad de Canarias, que en aquellos momentos estaba en entredicho porque las potencias extranjeras miraban a nuestras islas como si fuesen un trampolín desde el que lanzarse vorazmente sobre África. Había terminado dos años antes lo de Cuba y Filipinas, y las potencias debieron pensar que ya solo era cosa de seguir desmembrando lo que antaño fue un imperio.

La verdad, Don Benito, es que no me sorprende el contenido de ese discurso en boca de quien, como usted, hizo gala durante toda su vida de su españolidad, y mucho más con su obra, que es la que nos devuelve el siglo XIX. Lo que no entiendo es por qué ese discurso es invocado a menudo por una parte del nacionalismo insular, y luego habla de soberanismo e incluso de independentismo. Para ilustrar a los lectores entresaco algunas de las frases que usted pronunció entonces:

«Si no estuviera perfectamente documentado, hasta el galdosiano más avezado no lo reconocería»

“Seamos, pues, los primeros y más fervorosos creyentes, y declaremos que el Archipiélago Canario, centinela avanzado de España en medio del Océano, conoce bien las responsabilidades de su puesto, y en él permanece y permanecerá siempre firme, vigilante, sin jactancia ni miedo, confiado en sí mismo y en su derecho, sintiendo en su alma todo el fuego del alma española, que siempre fue el alma de las grandes virtudes, de aquellas que superan al heroísmo o en su forma más espiritual: la paciencia y el cumplimiento del deber -digo- y el cumplimiento más estricto del deber”.

Volvemos a vivir tiempos difíciles (en realidad parece que repetimos una y otra vez el siglo XIX como en el Día de la Marmota), y desde luego alguno de los nacionalismos que se venden en el mercadeo diario de la política local a veces lo invocan a usted, pero luego engordan el caciquismo y la desigualdad. Está claro que no lo han leído. Pero mire, don Benito, tal vez hay otro tipo de nacionalismo posible, que no ha podido hacerse presente y que seguramente tiene más que ver con el federalismo y la lucha de clases que con esa bisutería folclórica y victimista que siguen vendiéndonos.

Como reza aquella frase histórica con la que se cambió una dinastía, ni quito ni pongo rey, y aunque siento por usted una gran admiración literaria, lo menciono por lo que dicen otros, no por lo que digo yo. La música de sus palabras es solemne y hasta diría que grandilocuente, un tono del que usted huye como de la peste cuando hace literatura. También entiendo que es un discurso público y en ese acto era más político que novelista. Si no estuviera perfectamente documentado, hasta el galdosiano más avezado no lo reconocería, no por lo que dice, sino por cómo lo dice. Pero entiendo que eran otros tiempos, y ese tono hoy solo lo utilizan otros que -estoy seguro- están muy lejos de pensar como usted.

Si le digo la verdad, después de tanta desidia local y tanto desprecio desde la capital del Estado, tal vez su discurso hoy no sería el mismo. No lo sé, pero estoy convencido de que si volviese por aquí no le gustaría ver en qué se ha convertido Canarias. Estoy convencido de que le va a gustar cómo ha novelado Santiago Gil un importante episodio de su vida que usted nos hurtó en sus memorias. Hasta la próxima, don Benito.