Fuego redentor

«Sirva la tragedia como punto de inflexión para mirar y respetar el paisaje en su globalidad»

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

La realidad demuestra que nunca hemos sido especialmente considerados con nuestro paisaje. Viera y Clavijo ya escribió en el siglo XVIII que hay muchos que «nacen, viven y mueren» en este territorio insular «sin saber lo que pisan, sin detenerse en lo que encuentran»; y César Manrique también observó que «la mentalidad de los canarios se caracteriza por no haber entendido nunca dónde están viviendo y lo que tienen».

Los tópicos, pregonados por nosotros mismos, «vergel de belleza sin par», «continente en miniatura», «islas afortunadas», «jardín de las Hespérides», etc, etc, dejan en evidencia que lo común ha sido considerar el paisaje solo en función de su valor estético; valor, por cierto, que no pocas veces hemos reconsiderado, a poco que alguien ha puesto sobre la mesa argumentos de «peso económico». De esta manera, las agresiones han estado a la orden del día y aun presumiendo del mucho territorio que hemos declarado protegido, los atentados paisajísticos son moneda común en este archipiélago nuestro.

Sin embargo, el paisaje es bastante más. Es, sobre todo, un elemento primordial en la conformación de la identidad. Nos moldea y nos vincula. No en vano, nuestras relaciones sociales y afectivas se forjan en él, de ahí que cuando una tragedia lo abate el ánimo de la gente que lo habita se altera, se trastorna, aunque sea inconscientemente. Ha ocurrido con los recientes incendios que han asolado Gran Canaria este mes atrás. Un sentimiento de orfandad se adueñó de todos y estrechó lazos. Ver nuestro paisaje devorado por las llamas nos puso frente a él. La indiferencia quedó aparcada. El fuego nos hizo comprender lo importante que es el territorio y la necesidad que tenemos de identificarnos y sentirnos orgullosos de él.

Todavía conmueve recordar la espontánea manifestación ciudadana en agradecimiento a cuantos lucharon contra los fuegos, visibilizada en los miles de brazos alzados en Las Canteras al paso de los hidroaviones, a los que transmitían un saludo que también querían que llegase a cuantos combatían las llamas a pie de tierra. Fue agradecimiento pero también comunión con el lugar.

No hay mal que por bien no venga. Sirva la tragedia como punto de inflexión para mirar y respetar el paisaje y los que lo habitan en su globalidad. Sirva, además, para hacer entender a las administraciones que han de dejar de ser cicateras en su conservación y con quienes pelean entre las llamas para contenerlas, haciendo de bomberos forestales, me refiero a las unidades de los Presa y Bravo, que son, a la vista está, algo más que peones; y, más aún, hacer lo indecible para que nuestro interior, esos pueblos ahora desolados, recuperen su pulso.