La prensa y el banquillo
El desarrollo del juicio al fiscal general ha girado hacia los periodistas y el secreto profesional
En el Tribunal Supremo sabemos que se juzga al fiscal general del Estado pero ahora parece que también se somete al examen del tribunal a ... la prensa. Por allí han desfilado esta semana varios periodistas llamados a testificar para que contasen lo que sabían sobre lo publicado en aquellos tormentosos días en que primero se dijo que la Fiscalía había ofrecido un trato a la defensa del novio de Díaz Ayuso y que alguien de la cúpula fiscal lo había abortado, para luego evidenciarse que la realidad era otra: la defensa aceptó que su representado asumiera la culpa a cambio de una condena rebajada y de exponerse a un juicio.
Lo sorprendente del caso es que el desarrollo del juicio está girando en torno al trabajo de los periodistas y no sobre si hubo o no una conspiración de una parte de la Fiscalía, o si la conjura anidó en la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid -con el concurso, eso sí, de algunos medios que no contrastaron lo que Miguel Ángel Rodríguez les había hecho llegar-.
Ese cambio del foco deriva en gran medida de que tras décadas con un texto constitucional que reconoce el secreto profesional, el mismo no ha sido regulado debidamente. Por eso el miércoles se dio la paradoja de ver y oír cómo un periodista tenía que recordarle al mismísimo tribunal y a algunos de los abogados en qué consistía ese secreto. Y que violarlo es dinamitar el crédito contraído no solo con la fuente, sino con la ciudadanía a la que le hacemos llegar que el periodismo tiene, por el bien de la democracia y de la convivencia, unas reglas.
Es culpa de la profesión que hayan pasado tantos años y el tan preciado secreto no esté regulado. Y temo que después de este juicio, esa regulación puede ser incluso peor que el limbo en el que se encuentra el ejercicio del derecho. Un derecho, insisto, que es una obligación, razón de más para no entender por qué tanta insistencia en la vista judicial en que se contasen las fuentes.
Por si fuera poco, el espectador se está encontrando en el procedimiento con unos medios enfrentados entre sí, rehenes de la polarización que ha contaminado la convivencia de este país. Con ello damos la impresión de replicar el cuadro de Goya de dos tipos enterrados hasta las rodillas y peleando a garrotazos... con el añadido de que mientras nos entretenemos en esas escaramuzas, hay un público masivo que se ha abonado a los bulos que inundan las redes.
Una pena, en suma, todo esto. A ver si al final en ese juicio la única culpable es la prensa...
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