Opinión

Europa o el diluvio en Moscú

20/07/2018

Si al peor enemigo de Europa Occidental se le hubiera ocurrido organizar una campaña subliminal que calase en el subconsciente colectivo, nunca habría diseñado una como la del domingo pasado en la final de la Copa del Mundo en Moscú. Ni la más prestigiosa, creativa y millonaria agencia publicitaria de la Avenida Madison neoyorkina tendría imaginación y dinero suficientes para plasmar en unos minutos el retrato de una Europa que pasa por unos de los momentos más confusos en varias décadas. Todo es muy metafórico, pero sin duda esas imágenes penetran como la lluvia torrencial que convirtió la ceremonia de entrega de trofeos en una ducha de cuello y corbata, mientras la presidenta de Croacia desafiaba el chaparrón con deportividad y un lavado de cabeza inesperado.

Pocas veces tenemos la ocasión de asistir a un espectáculo tan excesivo, gratuito, improvisado y significativo. El cielo se abrió como en una novela de García Márquez y el estadio olímpico Luzhniki se transformó en la ciénaga de Macondo. Los dirigentes de la FIFA aguantaban el tipo, aunque los trajes de tres mil dólares se fueran convirtiendo en moños de fregona muy usada, y algún peluquín derrapara ante la impasibilidad de su portador, que más parecía un equilibrista sosteniendo una ardilla empapada. En esa fila de personalidades estaban la mencionada presidenta croata y el refinadísimo Macron, al que se le iba diluyendo “la grandeur” gabacha a la par que su elegante chaqueta perdía el apresto. Y en medio, el anfitrión, el imperturbable Vladimir Putin, zar de todas las Rusias y azote de los blandengues. Es como Trump en versión silenciosa.

Y mientras entregan las medallas conmemorativas al árbitro argentino y su equipo, y los premios al Jugador Joven y el Balón de Oro del Mundial, aparece un paraguas. Enseguida pensamos que sería para la presidenta croata, por deformación machista, porque es más fácil secar una cabeza semicalva de pelo corto que una frondosa melena, o simplemente por cortesía, que ya era bastante incómodo ser la única mujer de la representación, que tuvo la elegancia de no perder la sonrisa a pesar de que su equipo había perdido. Pero no; el paraguas era para Putin, de quien esperábamos menos prevenciones contra el diluvio, que para eso es el Rambo de las estepas, con fotos con el torso desnudo y a caballo. Por un momento, aquello semejaba la escena del baile de Gene Kelly en “Cantando bajo la lluvia”, un tipo pisando charcos por las escorrentías callejeras mientras desafiando al mismísimo cielo mientras todos lo admiran; solo que Putin no dio muestras de saber bailar claqué, pero era el único protegido contra los elementos, mientras los dirigentes futbolísticos y las máximas magistraturas de Croacia y Francia seguían a la intemperie.

Luego trajeron más paraguas, pero ya era tarde, se había consumado el estropicio de una escogida sastrería; era la imagen de lo inútil, traspasados hasta los huesos pero protegidos de la lluvia. Y uso el masculino porque la presidenta de Croacia fue la única que rechazó el paraguas, puesto que ya no le cabía una gota más de agua. Tal vez fue su forma de poner algo de lógica en aquella locura, o quién sabe si, por ser mujer, fue capaz de pensar en más de una cosa al mismo tiempo. Entregaron los trofeos, dieron abrazos a los vencedores y a los subcampeones, y luego los futbolistas se hicieron la foto oficial enarbolando la copa entre confetis, que volaron a pesar del aguacero, y delante de unos fuegos artificiales que también ardieron, como si la tormenta no fuera con ellos. Pase lo que pase, aunque el cielo caiga sobre Moscú, los fuegos artificiales funcionan, aunque nadie sabe para qué sirven.

Y esa es la imagen de Europa, con el chauvinismo francés pasado por agua, la resignación de una Croacia que se siente triunfadora por haber realizado la gesta deportiva de alcanzar la final, y la costumbre de que todos los errores arbitrales de una partido perjudican a los más débiles. Seguramente Francia habría ganado igual, porque hoy fue superior, pero da que pensar que las equivocaciones benefician siempre a los mismos, como una constante matemática, una ley universal que anula hasta la intención más cabal de los jueces. Putin pensaba tal vez en el encuentro de Helsinki con Trump, dispuestos ambos a enemistarse con El Mundo; un día se mirarán al espejo y tal vez se declaren enemigos de sí mismos. Así que en esa foto está la imagen de Europa, una Croacia que sonríe y aprieta los dientes a pesar de la adversidad y una Francia de oropel, mestiza e hipócrita, que celebra como suyas las glorias de los descendientes de sus inmigrantes pero les niega la real igualdad social. Eso sí, “El Principito” es Antoine Griezmann, rubio y con los ojos azules.