Opinión

Estatuto, política y cultura

17/04/2018

Llevamos varios años hablando de una nebulosa reforma del Estatuto de Autonomía de Canarias, y en las nuevas propuestas no aparece por ninguna parte un planteamiento cultural distintivo, unas señas de identidad que vertebren un documento que ha de irradiar beneficios a toda la población de Canarias y ha de hacer que sean prósperas y cordiales las relaciones con otros pueblos y culturas. Para evitar confusiones, no hablo de nacionalismo, sino de cultura, que no es ese fleco que se usa como embellecedor; me refiero a los cimientos sobre los que se levanta una sociedad. Dice la RAE que “Cultura es el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.” y añade otra acepción referida a la cultura popular que define como “conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo”. Como se ve, en las últimas décadas, desde el poder, se ha tenido por cultura lo que refiere a la cultura popular y a la vez vendiendo cápsulas de elitismo impostado, pero se ha desestimado la idea de cultura en sentido amplio, como fuente original de vertebración de un pueblo.

Hay quien tiene una idea economicista de la política, y es verdad que muchos de los planteamientos tienen una base económica, sea en la producción, en el reparto o en las coberturas sociales; otros anteponen los posicionamientos políticos, y aun otros esgrimen argumentos históricos, geográficos, filosóficos, sociológicos, demográficos o incluso puntuales en la deriva de los acontecimientos más inmediatos. De todo eso hay, y lo más llamativo es que tiene más presencia mediática y social el debate sobre la representatividad de cada isla en el Parlamento que alrededor de lo que debería ser el centro de gravedad de un sistema político que aspira a desarrollar Canarias en todos sus órdenes.

Durante el franquismo, la urgencia de la clandestinidad hacía que fuesen los planeamientos políticos los que alumbrasen todas las acciones, incluso las culturales, pues existe memoria de esa época, en la que no era muy distinto un mitin clandestino que un acto poético o un concierto Folk, y por lo tanto igual de peligroso. Cuando murió el dictador, el primer atisbo de que la vertebración política de Canarias debería tener la cultura como fuente fue el Congreso de Poesía de La Laguna a mediados de 1976, e inmediatamente algunos artistas e intelectuales redactaron el Manifiesto de El Hierro (en el mismo año). Se puede estar o no de acuerdo con los planteamientos emanados de ambas convocatorias, pero la idea general de que la base del futuro de Canarias pasaba necesariamente por un foco cultural es más que evidente. Pero los brazos de la política son muy largos y para hacerse planteamientos vertebrales hubo que esperar a tener un primer Estatuto, que por cierto no solo no emanó de una fuente cultural en amplio sentido, sino que ni siquiera plantó algunas semillas para desarrollarla.

Por ello, hemos vivido de parches como los acuerdos puntuales con los partidos gobernantes en Madrid, donde Canarias suena muy lejana y aún más desconocida más allá de los tópicos, se ha gastado pólvora en salvas como el pretencioso Congreso de la Cultura Canaria en los años ochenta y docenas de proyectos realizado casi siempre para cubrir un expediente y poco más (o poco menos). Nada que haya relacionado la esencia cultural y científica como base de la política. Por defectos de estructura, por pereza de unos y empeño de otros (también hay empeños destructivos, disuasorios y amordazantes), Canarias quedó exclusivamente en manos de intereses económicos disfrazados de políticos, y nada se deja crecer fuera de la política.

Por eso, entiendo que el nuevo Estatuto debe pasar por el tamiz de la cultura, solo así responderá a las necesidades de Canarias, porque es la cultura la que fija las bases de las colectividades. Su recorrido no puede limitarse a un intercambio de cromos sobre cuotas electorales o caprichos de este grupo, aquel partido o esa isla. Ha habido desidia de los intelectuales, que no solamente giran alrededor de la poesía o las artes, también hay que contar con la ciencia, la docencia a distintos niveles, la investigación y, por supuesto, la cultura popular. Si de verdad queremos un futuro digno y coherente, no puede volver a pasar que sea la política la que incida en la cultura; tendrá que ser necesariamente al revés o no será.