Opinión

Estas cosas que pasan

08/09/2018

Hace mucho tiempo el escritor Flaubert sugería que escribir una buena novela era como reunir varias perlas preciosas para crear un collar, pero si no hay una tanza o hilo que las una no hay novela que valga, solo fragmentos inconexos. ¿Hablaba Flaubert de la trama que ha engarzado los capítulos, tal vez se refería a los argumentos que se mueven en el interior de las palabras?

Cuando me pidieron presentar estas esculturas pensé en un cuento, un cuento de siete capítulos, un capítulo por cada escultura, uno por cada pieza. Durante varias semanas soñé con un collar de esculturas, con la posibilidad de una tanza que uniera las fotos de las piezas que los artistas me enviaban por correo electrónico o whasapp. Consciente de que las piezas hablaban por sí mismas sentí sin embargo la necesidad de pedir a los escultores que me enviaran en unas pocas líneas los motivos, la intención que les llevó a decidir por estas obras concretas y no por otras.

Mientras repaso las notas que me envían a cuentagotas, pienso en lo quieto. Aplico el zoom a las fotos y observo con detalle cada pieza. Las vuelvo a mirar y sigo pensando en lo quieto. En este mundo interconectado en el que vivimos, atiborrados como estamos de imágenes en movimiento, contemplar una escultura es como despertar una voluntad dormida, es un parón saludable, una indicación en el camino. Están quietas pero platican, te sugieren un cuento, muchos cuentos, todos los cuentos en movimiento.

Voy buscando relaciones entre las obras expuestas. Intuyo que se pueden hacer diferentes recorridos literarios o como Cortázar en Rayuela dejar que el lector vaya decidiendo la página por dónde quiere empezar, seguir o finalizar la novela. Procuro ceñirme a los envíos que voy recibiendo. Busco, como Flaubert, una línea argumental que me permita contar un cuento con estos materiales.

Pude empezar por Rossique y seguir con Gallego Seisdedos, siempre con la sospecha de que las palabras son más inquietas y despistadas que las esculturas. Sin embargo busqué un hilo que me permitiera confeccionar con ellas una ruta literaria pero también filosófica. Estos atrapainstantes o atrapasueños que son los escultores construyen un lenguaje paralelo, aparentemente quieto, pero que permite deslizarnos en el tiempo y pensar profundo en el mundo líquido, febril y fugaz que habitamos. Tuve que hilar fino.

Y ahora los capítulos de este cuento. Ya les he advertido que lo he compartido y fabricado con las notas que me enviaron Eva Hiernaux, Andrés Delgado, Paco Rossique, Chano Navarro, Román Hernández, Mariano Gallego Seisdedos, Susana Navalón. Este es la ficción que anduvo por aquí, pero también pudo haber sido otra.

«En el encuentro artístico Cautiva Luna, en Zamora, participó De Sancho junto a los también isleños Andrés Delgado, Paco Rossique, Chano Navarro, Román Hernández, Paula Quintana, Pepe Valladares y Roberto Toledo»

Aquella tarde me encontré con un árbol distinto, un árbol que en vez de ramas tenía lápices. Era la primera vez que visitaba Zamora y pensé que había entrado en un bosque enigmático. Eva Hiernaux, al ver mi cara de estupor, me cuenta que «a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César». Eva había decidido que los lápices Alpino regresaran al pino. Me gustó ese juego de palabras, las ideas que escondía: «Los devolví al lugar donde no deberían haber salido...o si». O sí, eh aquí el dilema. Sentí pasar un remolino sobre mi cabeza. ¿Por qué «o sí»...?

Paseo con la artista y le cuento que siempre me gustaron los lápices de colores, a menudo tengo una caja de Alpinos en casa. Pero me sorprende su árbol inquietante. ¿Estarán siempre ahí los lápices? ¿Se escaparán esta noche? ¿Regresarán mañana? Cuando miro la pieza recuerdo mi infancia, me gustaba entonces pintar con estos lápices de madera. Eva se aleja por un camino de tonalidades naranjas y verdes, probablemente las sombras de colores que proyectan su árbol lunático.

Andrés Delgado anda escondido detrás de su pieza negra. Nada más verla pensé en un gran árbol negro que extendía sus raíces al cielo. Pero mejor no adelantar presagios. Contaba mi abuela que el pez, si no sale del agua, no sabe que está en el agua. ¿Esta pieza de Andrés es el resultado de haber salido de la isla de Tenerife? Como los lápices Alpino, Delgado regresó a la isla y nos trajo de allí la Piedra de Chasna, su memoria. Mientras me acerco pienso en los motivos de los artistas. Me cuenta el de Güimar que su pieza es un homenaje a las gentes del sur de Tenerife, su padre era de Chasna y él vuelve a vivir en esa zona. ¿Es Andrés también un lápiz de color o tal vez su pieza sea el lápiz de mina que usa cuando dibuja? La piedra chasnera es una pieza negra, seca. Se utiliza para las fachadas de casas, iglesias y sus torres, también adoquines. Se estila desde la conquista de la isla por los castellanos.

Pienso en aquellos adoquines, en la fachada de una casa antigua, un camino irreal que traza esta pieza negra. El destino la ha traído aquí como un lápiz gigante con bifurcaciones que dibuja el viaje del Tiempo y sus prolongaciones. Alza la piedra Andrés Delgado y todo se mueve en esta explanada. Hay varias direcciones señaladas.

Llego a la Casa de Adán en el Paraíso. Se acerca Paco Rossique con una escuadra y cartabón bajo el brazo. Nada más verme las rompe en mil pedazos y me advierte: «Esto no es lo que tú crees, así que escucha». El Arte de Escuchar sigue siendo una enorme fuente de inspiración. Me cuenta el ínclito: «La idea de la primera casa, el primer refugio de cuerpo y mente está presente en el pensamiento de arquitectos y artistas desde siempre. La casa –prosigue Rossique– es el huevo, el nido, la morada, la patria, el universo». Restauro el cartabón y la escuadra y entro con Paco a la Casa de Adán.

Las nubes remueven la tarde y sus argumentos. Me ilustra de nuevo Rossique: «Sin embargo solo cuando el arquitecto o artista imaginan una Folly (vocablo inglés para designar locura o extravagancia) o Folie (en francés), que es un elemento construido fruto de la fantasía del autor, se produce el hecho mágico de crear una morada para el pensamiento, para la observación y el crecimiento personal, una casa para el juego y el conocimiento».

Descubro unas piezas de colores en el suelo de la Casa. ¿Son los lápices de Eva Hiernaux que han salido pitando del árbol? ¿Es puro azar o hay preocupaciones de época, felices coincidencias que promueven los artistas mientras viajan por el tiempo? Esta casa no tiene paredes ni ventanas, aquí los pensamientos se congregan y desaparecen. «¿Quien vendrá a llamar a la puerta?», se pregunta Rossique. Me quedo in albis. Concluye el artista: «El mundo llama desde el otro lado de mi pensamiento».

Confirmo que estoy en un insólito lugar, lleva cinco años siendo visitado por esculturas que hablan. Aquí Schopenhauer hubiera sido feliz, habrá que invitarlo la próxima vez. Desde el otro lado del pensamiento voy uniendo estas perlas preciosas. Pero mejor no sacar conclusiones, termina uno agotado de tantas certezas, además quiero evitar un capirotazo de Rossique. Busco el engarce, uno de tantos posibles. Penetro en el bosque, en el aire flota la pregunta, la inquietante pregunta: ¿Quien vendrá a llamar a la puerta?

Sigo la ruta imaginaria, avanzo expectante. El fotógrafo japonés Hiroshi Sugimoto piensa que demasiada información conduce a la nada. Pero hoy estoy de suerte, ando dentro de un cuento que puedo ver y tocar. También oigo los pasos de una niña. Me quedo perplejo, es como un aire fresco en pleno agosto en tierras de Castilla- León, aquí en Zamora. Recorro La Cautiva, la finca donde se han instalado desde hace años un gran número de esculturas.

Me encuentro en el camino con Chano Corvo: «Creo que la decisión de muchos artistas plásticos a lo largo de la historia ha sido fosilizar o detener el paso del tiempo. Lo intenté desde muy joven, pero mi falta de conocimientos y los accidentes de y en el taller impidieron que hubiera un resultado plástico, así que vuelvo a intentarlo, mientras observo el crecimiento de mis hijos». Chano se ha valido de su hija para crear esta escultura blanca que además hace un guiño a las antiguas Kores y Kurois, herederos estos a su vez de los basaltos milenarios de la antigüedad egipcia. «En esta obra, Cronos, he tratado de congelar, de atrapar el tiempo y la pueril belleza».

Uno de los sinónimos de pueril es ingenuo. ¿Son ingenuos los artistas? Comentaba Lorca: «¡Bendito este trabajo que me lleva a la Inutilidad!» Ingenuidad, inutilidad, este aire fresco disfrutando con la visión de Cronos, antigüedad recuperada y su color blanco, como esta nube que sombrea la ruta del cuento que avanza, simulando una hoja de papel donde anda dibujando el tiempo.

El tiempo responde aunque no se le pregunte y nos invita ahora a reunirnos en torno a esta mesa también follie, una mesa que rememora la infancia, la Mesa con grelos de Román Hernández: «Siendo yo aún pequeño, pasaba muchas horas del día cogiendo papas, separando las podridas y greladas de las sanas para empaquetar y vender: mano de obra barata en el seno familiar, en lugar de estar jugando como los demás niños. Soñaba que la montaña (toneladas de papas almacenadas) me devoraba. Las veía en la mesa del almuerzo».

¿Pensó alguna vez Román niño pintar las papas con lápices de colores? ¿Se hubiera escapado de su casa si fuera como la de Rossique, sin puertas, ni paredes? ¿Intentó derribar alguna vez aquella montaña con una piedra de Chasna? «Todas mis vacaciones de niño y adolescente –me cuenta Román– me las pasé trabajando. De ahí viene esta mesa con grelos, que hoy pertenece a una serie de mesas que denomino de la concordia, de la felicidad. Objeto cotidiano, que no solo sirve para hablar, leer, escribir, también para escenas como El cartero siempre llamas dos veces...

Avanza el cuento con esta felicidad que supone ver y leer piezas únicas. En todas ellas se vislumbra un pensamiento, alguien habla dentro de ellas. Sin embargo y no sé por qué motivo pienso ahora en la condición humana. Una vez un periodista, intrigado por los personajes de Galdós, le preguntó al escritor canario qué pensaba en general de los seres humanos. Galdós encendió rápidamente un cigarro y contestó socarrón y seguro: «¡Ah!, ¿me habla usted de esas unidades fugaces?».

¿Estaría pensando en esta fugacidad natural Mariano Gallego Seisdedos a medida que iba creando sus piezas, las que define como El Tiempo, claro que sí? El inexorable tiempo que todo lo transforma pese a su invisibilidad, el tiempo esa abstracción que los escultores atrapan con sus cazamariposas gigantes y lo convierten en piezas de un cuento interminable. No debe ser nada fácil, plasmar en el material una revelación que no desean perecedera.

«¡El tiempo, claro que sí –me confirma Gallego Seisdedos– también el gesto humano, el sueño de otras culturas que al fin componen nuestra realidad, tan aparente a nuestros ojos!». A estas alturas del cuento confirmo que todos estos artistas han negociado con el tiempo, unos separándolo, otros cuestionándolo, otros agradándolo, otros atrayéndolo, otros en fuga con él. Le pregunto a Mariano: ¿hay una idea global en tus piezas? «No –me contesta– no la hay. Tú piensa que es un lugar, una atmósfera, un espacio de tiempo, pasado unido a presente».

¿Encapsula el tiempo Mariano para que el pensamiento no se fugue? ¿Se quedará a cenar en la Mesa con Grelos? ¿Entrará en la primera casa de Adán desde otro tiempo paralelo? ¿Coloreará con los alpinos el perímetro de sus sueños? «Como te dije –me aclara cerca de la Piedra de Chasna– está aquí el gesto humano, a la vez la naturaleza; también la geometría del sarcófago marca la idea de la muerte, de la extinción frente a la vida».

Siento curiosidad por lo que contienen los sarcófagos. Gallego Seisdedos me aclara: «En el primero estará la arena del tiempo (el último del reloj de arena); el segundo estará lleno de zapatos viejos, el tercero contiene brea y pez, el cuarto contiene agua y el quinto vacío». ¿Por qué vacío? ¿Quien vendrá a ocuparlo? ¿Se mantendrá vacío siempre? ¿Será también la casa para un nuevo pasajero imaginario?

Las palabras son también esculturas visibles que intentan nombrar lo invisible. Deduzco que estas piezas permanecerán aquí más tiempo que el tiempo mismo, al menos el tiempo que nos contaron, el tiempo que nadie ha visto nunca. Mientras avanzo feliz me encuentro siete cubos negros en este secarral inmenso ¿Contendrán también pensamientos?

No me imagino la realidad sin esta ficción, sin estas apariciones imprevistas. Susana Maldonado me cuenta que los cubos que contienen espejos hacen referencia a lo temporal, a lo inalcanzable. Titula su pieza Volver una y otra vez, mientras se pregunta: ¿cuantas vueltas tengo que dar para encontrarte? Le comento a Rossique que tal vez la respuesta a ¿quién vendrá a llamar a la puerta? ya se acerca categórica por estos aledaños del cuento. Tal vez los que vendrán ya están por aquí, o andaban con nosotros desde hace mucho tiempo. Incluso algunos querrán llegar con forma de pensamientos.

Susana me aclara: «Mi pieza está concebida como un regalo para un amigo. Para mí, lo que más me interesa es la idea y las imágenes que se generan a partir de este proyecto, donde la luna, los espejos y el reflejo forman un tándem». A estas alturas soy consciente de estar recorriendo un lugar distinto. No me gustan los cuentos con final cerrado, ninguna de estas piezas me lo van a permitir y eso me tonifica. El arte es la otra parte del cuento y ésta es la parte que me faltaba por contar.

Escribía Nietzche que vivir es inventar, creo que es la mejor impugnación contra el poder del tiempo que todo parece borrar. Este cuento seguirá su ruta el próximo año en La Cautiva, es solo un capítulo más en la historia del tiempo en este lugar de Castilla de cuyo nombre sí quiero acordarme.

Otros vendrán a llamar a la puerta, sin duda. Pero lo que si queda claro hoy, visto lo visto, es que el tiempo pasa, pero la poesía queda. Feliz noche, amigos.