Del director

El viaje incierto y la gente buena

30/11/2019

Supongo que los bañistas que ayer se encontraban en Playa del Águila disfrutando de una mañana soleada habían planificado una jornada tranquila. Querrían aprovechar el sol y el calor reinante para tostarse un poco y darse un buen chapuzón. Se trata de una playa singular, desapercibida para muchos pero que encanta a quienes la conocen. Hay que ir, eso sí, sabedores de que las piedras forman parte del paisaje, de que la corriente a veces es traicionera, pero que la limpieza de las aguas está más que garantizada.

«Hoy toca quitarse el sombrero ante la reacción de los bañistas que estaban ayer en Playa del Águila»

Esos planes de un Black Friday alejado del mundanal ruido de los centros comerciales quedó trastocado cuando apareció una patera cargada de migrantes exhaustos tras una travesía desde las costas africanas. Así, allí se juntaron los que buscaban tranquilidad con los que soñaban con un mundo mejor, ese sueño que hace que se suban a una barquilla hombres y mujeres que arriesgan sus vidas y, como se vio ayer, las de sus hijos.

La reacción de los bañistas no se hizo esperar. Se convirtieron en médicos, auxiliares sanitarios, ATS improvisados y, sobre todo, dejaron muestra de su humanidad. Ofrecieron lo que tenían y pusieron lo que no tenían: esos primeros conocimientos médicos. Se trataba de echar una mano a dos decenas de seres humanos completamente agotados tras varios días en el océano. Las imágenes de Borja Suárez, periodista gráfico, hablan mejor que estas y otras mil palabras. Son esas fotos las que reflejan lo que hay detrás del drama de la migración irregular. Porque sí, los que llegaron lo hicieron de una manera que no es legal y desde ayer están sujetos a un trámite administrativo muy riguroso en estos casos, pero hay que ponerse en su piel, esa que ayer palparon los bañistas convertidos en ONG improvisada, para intuir -porque saberlo a ciencia cierta está reservado a quien lo padece- cuánta necesidad hay que pasar para enfrentarse a la aventura de esa travesía en busca una vida mejor, un viaje en el que muchos pagan dos precios: el que abonan al subir a la barquilla y el más caro de todos, que no es otro que dejarse la vida en el viaje.

Hoy toca quitarse el sombrero ante la reacción de los bañistas. Como también ante Cruz Roja, otras ONG y el personal sanitario, que están trabajando a destajo en un servicio que nos reconforta con la condición humana. Sobre todo porque nos demuestra, frente a ciertas miserias oídas en campaña electoral y días sucesivos, que todavía hay gente buena.