Tribuna libre

El sentido de la historia

24/05/2020
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La idílica idea del progreso constante y lineal, encaminado a un futuro prometedor, donde la ciencia cubriría sobradamente nuestras necesidades, donde desaparecerían las desigualdades, guerras e infortunios, ha impregnado, en occidente, todas las generaciones de estos últimos doscientos años. Con una paupérrima copia del mito de Prometeo, carente de sus legendarios objetivos, nos arrojamos al vacío de una existencia sin límites.

Nuestro héroe, uno de los más fascinantes de la mitología griega enseño a los hombres a controlar el tiempo, los números y su ciencia, la navegación, la medicina, la forja de los metales y hasta la ciencia de los presagios. Finalmente, al vulnerar cualquier límite, hasta el de los propios dioses, alteró el equilibrio del cosmos. Prometeo, y su caída, simbolizan el valor de la inteligencia para comprender, interpretar y manejar la naturaleza y sus fenómenos, dando lugar a las distintas técnicas que permiten el desarrollo de una civilización. Pero no debemos olvidar, que el mito revela también las consecuencias de sobrepasar los límites, ya que no es posible el dominio absoluto de la creación.

Esto que leemos diariamente hasta la desazón del COVID-19 está reimplantando la idea del límite. Posiblemente ahora somos conscientes, o más conscientes que antes, de que nuestra sociedad ha traspasado el umbral de seguridad y hemos superado una frontera, un incierto confín. Esto engendra un verdadero shock en la estructura globalizadora que pretende controlarlo todo, demonizando cualquier línea divisoria, cualquier frente entre culturas, naciones, pueblos... Una civilización basada nuevamente en la ausencia de límites, en el objetivo constante de tener más: más mercancías, más intercambios, más beneficios, más producción.

No paro de reconocer que todo esto, que repentina y violentamente ha dinamitado nuestras vidas, nos ha sorprendido a todos mirando para otro lado. Tampoco esperaba, y lo digo con sincero pesar, que tuviéramos que sufrir el añadido de una pésima gestión, generada por una estructura más preocupada por los réditos electorales, que por resolver la crisis. Un equipo que ha fallado en la dotación de medios para evitar que los daños, las muertes y el caos económico no fueran tan devastadores. Lamentablemente esto no es una opinión sino la constatación de unos hechos respaldados fríamente por los números y su saldo demoledor.

Pero lo que más me llama la atención, lo que realmente me provoca una sensación de ahogo, es que nos estamos empecinando en no ver lo que tenemos por delante. Es verdad, que las televisiones y demás medios subvencionados, con sus miles de tertulianos, politólogos, psicólogos, comunicólogos y demás juglares de la opinión condicionada, nos reiteran que tenemos que ser felices, que ya estamos retornando a “una nueva normalidad”. Los alardes publicitarios, con la excusa de fomentar la solidaridad, transmiten un mensaje adormecedor, que unido a las soflamas diarias donde nos tranquilizan con que todos vamos a disfrutar de un salario estatal, no vamos a pagar impuestos, mientras aumentan sus inverosímiles mensajes con datos sobre la deuda externa o la recuperación en un único semestre.

La idea de un progreso universal sigue vigente. Ha transcurrido muy poco tiempo, pero me niego a reconocer la posibilidad de que, tras este Apocalipsis, muchas cosas no cambien. No hablo de cambiar el color de un gobierno, estoy refiriéndome a un cambio de sistema, a un necesario y radical cambio de ecosistema. Creemos que el progreso material vuelve al hombre mejor, o que los avances registrados en un ámbito se reflejan automáticamente en otros. Pero la realidad, que es bastante persistente, se esfuerza en enseñarnos que no es así. El desarrollo de la tecnología ya no se percibe como una contribución siempre positiva a la felicidad de la humanidad: el propio conocimiento, como observamos en el debate sobre las biotecnologías, se estima en ocasiones como una amenaza. Empezamos a percibir que más no es sinónimo de mejor.

Si todavía no tenemos clara conciencia de esto, es que estamos más ciegos de lo que ya parecemos. El ideal mundialista y globalizador de la apertura de fronteras, a través del imprevisto de una pandemia, nos condujo al infierno de la gran separación, a la distancia de los cuerpos, de los vínculos y de las vidas, a esa soledad que tanto nos ahoga. Es la ruptura del vínculo social, más patente en un país como el nuestro, pero que por ello destaca aún más el drama de una sociedad atomizada y egoísta. No puedo quitarme de la mente los miles de ancianos muriendo en la soledad de las residencias, lejos de sus familias. Tienen que constituir la mayor denuncia contra la miseria moral de toda una época. El coronavirus marcará un contrapunto simbólico. Pero la última fase de este proceso todavía no está definida. Para algunos se trata del fin de una etapa de la globalización: la que empezó en 1989 y tal vez ya haya concluido.

Pudiera ser que necesitemos recuperar el mundo del mito, que sea indispensable retornar al mítico ejemplo de los héroes. No hay ninguna obligación de relativizarlo todo...Pero hace falta una nueva gran narración que de sentido a nuestras vidas. Para que retornen la natural alegría, el calor humano, la delicadeza, el arte espontaneo, la aventura... las ganas de vivir, debemos exigir un cambio de rumbo. Nada de esto es factible si en telediarios y periódicos mantenemos los mismos protagonistas que han monopolizado nuestras vidas, alternándose en un juego tan inútil como alocado, y que solo genera rédito para sus propias redes clientelares. Dicho brevemente: el gran mito del siglo XXI habría de consistir en la enorme tarea de liberar a nuestra sociedad de un sistema que nos contempla como votantes, consumidores o números de un impersonal padrón.

El reino de la cantidad, el frenesí del crecimiento sin límites y a costa de todo, deja el triste saldo de una sociedad fragmentada y sin sentido de la transcendencia. Resulta evidente que nos espera una dura cuesta arriba, tiempos en que esos valores blandos que han inoculado en las últimas décadas van a servir de bien poco. Nos estabularon para que fuéramos dóciles, para que adquiriésemos principios cambiantes, en una irreflexiva apuesta por lo relativo, que somos de cualquier parte y de ninguna. Con tanto martillazo de tolerancia, las nuevas elites, y sus experimentos de ingeniería social han eliminado las tradicionales lealtades y los arraigos de siempre. Pero nos hemos quedado desnudos, y existe la posibilidad de que repudiemos tanto paraíso universalista, y pretendamos retornar a un hogar.

La tragedia del coronavirus marca un cambio radical de perspectiva. La crisis sanitaria es el último síntoma de una dolencia mucho más grave que tiene que ver con el modelo social que nos han impuesto, de producción y de consumo insostenible. Lo que estamos luchando, el esfuerzo que desarrollamos como sociedad, en vidas humanas, en frustrados proyectos, en ilusiones perdidas... La demolición del mito del progreso y de la concepción progresista de la historia supone, en sí misma, una revolución cultural en toda regla. Nosotros somos los únicos que debemos imprimir el sentido de la historia.

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