Opinión

El precio de la incompetencia

14/06/2018

En las islas somos muy cafeteros. Escasas son las excepciones. Aquello del buche de café cuando se tercia a lo largo del día es una oportunidad de compartir. Es diálogo; escuchas y dices. Generas empatía. Hay muchos que no saben empatizar e ignoran lo que se pierden. Si no logras ponerte en el lugar del otro, estás perdido. Ya podrás imaginar lo que quieras o soltar el discurso que prefieras que nada cambia. La realidad (que también es subjetiva) es la que impera igualmente en el otro. Y si no sabes hacerte cargo de eso, apaga la luz y vámonos. Esto vale para las empresas y las relaciones personales. Cuántos entrenadores se han desgañitado en el vestuario en el intermedio de un encuentro de fútbol cuando, en realdad, ninguno de sus jugadores lo escuchaban. Cada uno a lo suyo. La segunda parte ya se lo imaginan: derrota segura. La certificación de lo que se espera desde la grada. Los ocasos son lentos, nunca cogen desprevenidos a nadie. Anticipan lo que se olfatea.

No trates en la vida de contentar a aquel que no puedes. Significa anularte para tranquilizar a ese cuyas miserias, envidias o temores le pueden. No hay más. Quizá, porque en el fondo observa al que se tercie como un adversario presente o potencial. ¿Y si me despiden y le contratan a él?, masculla el mediocre mientras digiere malamente sus malas pasiones. La ley de la oferta y la demanda (el capitalismo puro) no atiende a estas razones y, sin embargo, es lo cotidiano en la calle. En la ferretería, en el supermercado, en la oficina bancaria, en el medio de comunicación,... Un darwinismo soterrado donde se constituye una lucha de todos contra todos y en el que aferrarse a la nómina a final de mes ya significa un triunfo personal. Aquello de mejorar la sociedad y buscar el bien común se les deja a los personajes de la Ilustración y restantes librepensadores que mecen entren la ingenuidad y las buenas intenciones.

«La realidad (que también es subjetiva) es la que impera igualmente en el otro. Y si no sabes hacerte cargo de eso, apaga la luz y vámonos»

No es necesario recurrir al hundimiento del Titanic para estudiar con lupa el comportamiento humano. Es muy interesante. Hay casos mucho más cercanos que lo instruyen a la perfección, esa cotidianeidad a nuestro alcance. Cuando suena un ERE, irrumpe la alarma. Los nervios corroen a más de uno y ya todo vale: la zancadilla, el chisme, la piedrita en el camino,... Todo lo justifica supuestamente la desesperación, la mezquindad personal trufada de múltiples envidias y rencillas. Máxima mediocridad, bazofia incivilizada. La incompetencia sale muy cara para cualquier empresa. Adelgazar la plantilla podemos llamarlo. Deshacerte de los que lastran el trabajo de los demás porque no ven más allá de su interés particular. Un antes y un después. Sin desperdicio.