Primera plana

El poder de hablar

13/07/2019

Hay momentos, si acaso vitales, en los que de repente todo encaja. Y el puzle se recompone. Puedes llevar varios días con algo dándole vueltas en la cabeza, preocupaciones o medidas por tomar que te causan quebraderos de cierta entidad (no todos y siempre tenemos el mismo tiempo de reacción para adoptar decisiones) hasta que en un instante cualquiera todo aquello que te inquietaba se disuelve como si fuera un azucarillo. Algo así como experimentar algo parecido a la lucidez. Y, por supuesto, y aquí está la parte más bondadosa, ocurre en un escenario determinado; que para mí, si me permiten señalarlo, podría ser en Gran Canaria al estar sentado en una terraza de la playa de Melenara en Telde tomando algo o en el coche mientras conduces en la carretera del norte a la altura de Gáldar camino de Agaete y justo se vislumbra en el horizonte en los días despejados Tenerife y su prominente Teide.

Hablar es un desahogo de enorme valor. También lo es escribir que es, al tiempo, una forma de hablarnos a nosotros mismos y de rebote al resto. La conversación con el interlocutor adecuado es una delicia que abre muchas puertas en la mente. Un ejercicio sano que siempre suma y nunca resta. Hay que hablar, conversar y escuchar, a poder ser con personas que dispongan de inteligencia emocional y sepan ponerse en tu lugar en un espléndido ejercicio de empatía. En instantes así se descubre la grandeza (o no) del otro. Es muy revelador.

«Hay que hablar, conversar y escuchar, a poder ser con personas que dispongan de inteligencia emocional y sepan ponerse en tu lugar en un espléndido ejercicio de empatía»

Todo esto enlaza con el último libro del psiquiatra Luis Rojas Marcos: Somos lo que hablamos: El poder terapéutico de hablar y hablarnos (Grijalbo, 2019). Un ensayo de autoayuda en el que combate la idea primitiva de que mejor es estar callado y guardarse las cosas en vez de emprender una interlocución que nos permita aclarar lo que se tercie. Hasta el punto que viene a señalar que en función de cuánto hablamos, cuanto mejor siempre, viviremos más. Y que, incluso, no es casual que la esperanza de vida de la mujer en España sea superior a la del hombre porque, dice él, responde a que hablan más. Más allá de esta lectura, lo cierto es que en la sociedad ha estado instalada la mala idea de que compartir emociones o diálogos es nefasto. Y no es así. Hay que saber a quién nos dirigimos y si esa persona guarda o no la virtud de la discreción. Pero de nada sirve, y esto es innegable, actuar en modo silencio quebrando nuestra autoestima y salud. Por lo que hablemos aunque sea con nosotros mismos o al perro. Y pensemos que de esta manera daremos rienda suelta a las inquietudes o dilemas con los que nos tropezamos en el camino. Callarse las cosas propicia el miedo y engendra temores. Un mecanismo de autodegradación que desgarra el entusiasmo. Y en la vida, sin ilusión, nada puede hacerse.