Opinión

El ocaso de Ramírez

21/12/2017

Uno de los nombres que serán más citados en la cena de Nochebuena de las familias canarias será el de Miguel Ángel Ramírez. Unos porque apelarán a la situación de fatalidad que acarrea la Unión Deportiva Las Palmas. Otros, y lo más importante, por la indignación social que provoca que trabajadores de sus empresas lleven meses sin cobrar. Y a los afectados y a sus familiares les va la vida en ello, porque además no son nóminas precisamente altas y, por lo tanto, su capacidad de ahorro anterior es escasa o nula. Ciertamente, supone un contraste estar sentado en el palco arropado por las máximas autoridades y luego a las puertas del recinto de Siete Palmas protesten los que no tienen de todo. No hay mayor desgarro personal, llanto interno, que acudir al cajero automático para ver si se ha producido esa entrada esperada en tu cuenta y, sin embargo, está sin nada. Eso hay que vivirlo.

«No todo el monte es orégano en las estructuras que dirige dentro y fuera de la entidad amarilla. La ineptitud de unos cuantos le pasa factura actualmente a Ramírez. Y este observa, por primera vez que su entorno se tambalea»

De un tiempo a esta parte se palpa un declive del poder empresarial de Ramírez. Pero es como aquello que se dice sobre la posición de una ciudad que está asociada a la categoría en la que milita su equipo de fútbol. A fin de cuentas, y valga como ejemplo, las últimas ligas logradas por los equipos vascos fue antes de la reconversión industrial de mediados de los ochenta.

Ramírez ha sido exponente de un crecimiento empresarial acelerado, por otra parte muy propio de esta tierra, que causó desde el comienzo tanto la admiración y el aplauso de unos como el cuestionamiento de otros. Su gestión desprende un punto paternalista, de hacerse notar en sociedad y prestarse a ayudar, que tiene su lado positivo. Pero más allá de la responsabilidad de sus decisiones, que son suyas, no ha sabido rodearse del todo. Dicho en plata, hay algunos que se han endosado a su éxito fulgurante con jugosos sueldos y que ahora que vienen mal dadas no le ayudan. Porque justo es en la adversidad cuando irrumpe la incompetencia soterrada. Ramírez ha alcanzado un estatus que, para mantenerse o seguir creciendo, necesita de un equipo que le aporte, que sume y que goce de solvencia. Pero no todo el monte es orégano en las estructuras que dirige dentro y fuera de la entidad amarilla. La ineptitud de unos cuantos le pasa factura actualmente a Ramírez. Y este observa, por primera vez, que su entorno se tambalea. Él por sí mismo ya ha conocido el triunfo, y tendrá su mérito personal, faltaría más, pero no le será suficiente desde este momento en el que los apuros y retos se antojan mayores. Un buen empresario debe siempre saber rodearse o, de lo contrario, sobreviene el fracaso.