Bardinia

El miedo, Europa y los antisistemas

19/11/2019

Llevamos dos siglos tratando de buscar las causas que generan la incapacidad de España para subir al tren de los países avanzado de su entorno, que también han sufrido quebrantos terribles pero que siempre han salido de los problemas un escalón más arriba. Nunca ha fraguado en España el salto que en el pensamiento, las costumbres, los avances tecnológicos y una clara mejoría del reparto de la riqueza dio Europa Occidental después de las revoluciones burguesas. Cada vez que surge la oportunidad de cambiar la propia historia, aparecen elementos que lo impiden, cuando no hay factores claramente reaccionarios que la hacen retroceder. Como explicación apresurada suele decirse que aquí “no funcionó la guillotina”, expresión que pretende ser una metáfora (demasiado sangrienta para mi gusto) de los cambios sociales que se produjeron después de las revoluciones acaecidas durante el siglo XVIII en Francia y en Inglaterra (en Londres usaban el hacha en lugar de la guillotina) y que aquí no llegaron.

En realidad, las revoluciones citadas solo se produjeron en Francia e Inglaterra, y casi podríamos decir que muy circunscritas a las ciudades de París y Londres. De modo que esos cambios, surgidos de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789, en general se extendieron por toda Europa sin necesidad de violencia revolucionaria, y es largo el listado de países que en la práctica evolucionaron hacia sociedades más justas e igualitarias. En España, cada vez que se produjo un intento, fue aplastado por las bravas. Basta echar un vistazo a los últimos 250 años para comprobarlo, de manera que nos hemos quedado atrás una y otra vez, y empezamos a darnos cuenta de que, cuando por fin creíamos haber conseguido engancharnos al estribo de ese tren, resulta que estamos liándonos con los mismos asuntos de hace 80, 120, 135, 170 años. Cambian las palabras, pero la esencia de los conceptos es la misma: por un lado están quienes propugnan el avance hacia una sociedad más dialogante y con un reparto de la riqueza más justo; por otro quienes quieren que todo siga igual que siempre porque tienen la sartén por el mango. Por algo se llaman conservadores. Claro que un conservador europeo no se reconoce en el espejo de los que así se hacen llamar en España.

Y con esta genética medieval, se presenta como más español que nadie quien diga la cancaburrada más grande, quien ponga su posición inamovible sobre la mesa y el que no la siga es un rojo infiltrado del castrismo y el chavismo, un traidor o un antisistema. Y habría que definir primero el sistema al que supuestamente se quiere derribar; porque para algunos consiste en que siga habiendo personas de primera, segunda y tercera por razones económicas o de status social, que las mujeres se realicen en su casa cosiendo, que se elimine el respeto a todas las diversidades (personales, raciales, sexuales, territoriales y de cualquier otra índole), que los más débiles queden desprotegidos, que se profese determinada religión y otras señas de identidad que son precisamente las que definen una sociedad injusta y arcaica. Si ese es el sistema, yo soy un antisistema.

Pero resulta que la conocida como Constitución Europea (Tratado de Lisboa) y la propia Constitución Española de 1978 consagran al menos en palabras exactamente lo contrario que ellos defienden, y tienen la jeta de autoproclamarse constitucionalistas. Si son ellos los que van contra los principios signados en ambos documentos y que se supone son las vértebras del sistema, ¿quiénes son los antisitemas? Supongo que a muchos en su subconsciente les sigue repiqueteando el Fuero de los Españoles franquista. Y ese status quo que se esmeran en perpetuar con sus recursos avasalladores (quieren vasallos, no ciudadanos), porque controlan el dinero, los medios de producción, los servicios, la (des)información, la energía y la ignorancia programada que lleva al embrutecimiento es el que hace que España permanezca sujeta a la noria del pasado y no pueda despegarse porque tiene el lastre de una estructura que saben camuflarse muy bien. Ahora toca disfrazarse de demócratas, pero tampoco se ruborizan cuando se quitan el antifaz y aparece el autoritarismo en todo su esplendor.

El arma que se utiliza en todos los niveles y con diferentes intensidades es el miedo. Se ha mamado históricamente tanto miedo que hay un gran sector de la población que se aplica aquello de “Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy”. El miedo que ahora avientan es que vienen los rojos que van a romper España, los que quieren dialogar, los que tratan de afrontar el desaguisado que tanta estulticia ha causado. Solo conocen las recetas del Cid Campeador y el Capitán trueno, y por eso no acabamos de ser Europa. El miedo, siempre el miedo. El poeta argentino Buenaventura Luna, en sus “Sentencias del Tata Viejo”, que fueron musicadas por los Cantores de Quilla Huasi y versionadas por los Sabandeños, dice: “La vanidad, la soberbia / y el miedo aconsejan mal. / Ha de saber el mortal / con ocasión de un “enriedo” / no tenerle miedo al miedo / que más miedo le va a dar”. Pues eso, menos miedo, más sistema justo y más Europa.