Opinión

El fascismo es más que una palabra

08/08/2018

En los últimos tiempos, se usa la palabra “fascista” como insulto, y se aplica a toda persona que piense diferente sobre un asunto concreto. Primero se dispara y después se pregunta, y a resultas de estas actitudes, fascista es casi todo el mundo, para unos o para otros. Eso no se sostiene a poco que se rasque, pero no está la gente por pensar ni argumentar, y hay que andarse con pies de plomo en los medios y en las redes sociales, pues una opinión distinta, aunque sea en matices, puede convertirte en una bestia negra. Es por ello que deberíamos andarnos con más cuidado cuando colocamos el término “fascista” junto al nombre de alguien, porque precisamente la diversidad de opiniones libremente expresadas es lo más opuesto al fascismo. Se puede coincidir o no, pero de los debates serios siempre sale algo de luz, aunque si este se interrumpe con la palabrita de marras o simplemente no existe, estamos generando justamente ese fascismo que supuestamente queremos combatir.

Hay que hilar muy fino, porque, desde hace cien años, (cuando acabó la I Guerra Mundial), en Europa, y por influencia en otros continentes, se han implantado claramente tres sistemas políticos: el fascismo, el estado socialista (también llamado socialismo real) y la democracia burguesa. Cada uno de estos sistemas tiene a su vez detalles que establecen diferencias entre unos y otros, pues no es lo mismo el nazismo basado en la superioridad racial que se impuso en Alemania que el fascismo clerical que en España es conocido como nacional-catolicismo. Y en el campo comunista también ha habido distintas formas de aplicación, pero lo que sí hace paralelos a ambos sistemas es que desembocan en estados totalitarios, con un partido único gobernante y la ausencia de sindicatos, medios de comunicación y foros de expresión libres, pues el sistema tiene de todo ajustado a sus propósitos. En las aplicaciones de la democracia burguesa, también hay corrientes distintas, desde la socialdemocracia al ultraliberalismo, con la máxima teórica de que las rutas se deciden en las urnas.

Europa Occidental se apuntó a la democracia burguesa después de la II Guerra Mundial, y las atrocidades que se vivieron en dicha contienda sirvieron para tratar de crear mecanismos que impidieran que aberraciones como las acaecidas entonces se repitieran. Las excepciones totalitarias fueron España y Portugal, que en los años setenta se subieron al carro del estado burgués que las llevó a unirse en 1986 a la UE, cosa que cinco años antes había hecho Grecia, que también pasó por un período autoritario con la Dictadura de Los Coroneles, que fue liquidada en 1974, y con ella la monarquía. Hay que recordar que, en este tiempo se produce la gran descolonización del continente africano, que en los siglos anteriores había sido troceado y colonizado a la fuerza por las potencias europeas, proceso que se hizo tan mal que ahora se siguen sufriendo las consecuencias de violencia, huídas en masa y hambrunas interminables.

Lo que sí es cierto es que están empleándose mecanismos sociológicos que provienen de sistemas totalitarios, y si antes abundaban palabras como capitalismo, imperialismo, nacionalismo y otras más nobles como justicia y libertad, que de tanto sobarlas ya no se sabe qué significan, hoy se juega con conceptos tan peligrosos como raza, etnia, identidad, anti intelectualismo y otras lindezas que están en la esencia de las doctrinas de Nikolái Bujarin y de Joseph Goebbels. El segundo creó el concepto de eso que ahora llaman posverdad, y en la Alemania nazi se repetía que los arios eran una raza superior, que los causantes de todos los problemas eran los judíos o que el mundo entero se había confabulado para destruir Alemania. Asombra la eficacia del mensaje porque la gente lo creyó o quiso creerlo. Esta teoría goebbeliana es usada ahora y, con la potencia que hoy tienen los medios y las redes, da mucho miedo a dónde pueden llevar a nuestra sociedad. Dice así: “La propaganda efectiva consiste en un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas... Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”; ¿les suena de algo? De tanto decirlo, llegan a calar mentiras como que los inmigrantes cobran una paga nada más bajar de la patera, o que durante el franquismo no había desempleo.

Por lo tanto, resulta que llamar fascista al que piense distinto, aparte de un error de definición, es una falta de respeto, porque precisamente quienes se agarran a una idea fija, eligen y proclaman un enemigo y usan la estrategia de machacar siempre en el mismo punto con un discurso repetitivo en el que se adjudican todas las virtudes y colocan todos los males en el enemigo escogido, siguen al pie de la letra lo que dictó Goebbels; practican el fascismo y fabrican el odio porque construyen una realidad paralela que suele sostenerse en mentiras y medias verdades. Ese es el verdadero peligro de estos tiempos, y buena parte de los políticos deberían ser más conscientes de lo que hacen y dicen porque para alcanzar el poder no todo vale.