Jaula y arco iris

El dopaje de CC

22/05/2019

En un sistema democrático las distintas formaciones políticas que concurren a los procesos electorales deberían gozar, al menos teóricamente, de condiciones similares para hacer llegar su mensaje a los electores y electoras. De manera que estos puedan conocer, con la mayor precisión posible, las propuestas programáticas de las distintas opciones que concurren a los comicios, lo que pretenden hacer con el empleo, la pobreza, las pensiones, la sanidad, la educación, la dependencia, las energías renovables, la atención a las personas mayores o con algún tipo de discapacidad o la movilidad en los entornos urbanos o interurbanos. Y que ese conocimiento ayude a la relevante toma de decisiones en las urnas.

Somos conscientes de que, en la práctica, esto casi nunca es así. Que no todos pelean con las mismas armas ni disponen de las mismas oportunidades. Que influyen los mayores o menores recursos económicos de que dispongan, los apoyos de los distintos poderes fácticos, la mayor o menor relevancia en los medios de comunicación. Y que esto convierte en desigual la contienda en busca de votos de los ciudadanos y las ciudadanas.

Aunque, en ocasiones, el dinero no garantiza el éxito. Como comprobamos en los años ochenta del pasado siglo con la operación reformista. Liderada, entre otros, por Miquel Roca, Florentino Pérez, Pilar del Castillo, Antonio Garrigues Walker, María Dolores de Cospedal o Gabriel Elorriaga, contando con el apoyo mediático de Pedro J. Ramírez, entonces director de Diario16, así como con las simpatías de buena parte de la banca y de distintos sectores empresariales. Se gastaron en las generales del año 1986 más de 2.000 millones de pesetas en la campaña electoral, unos 12 millones de euros. Para sacar, finalmente, menos del 1% de las papeletas en el conjunto del Estado español y ningún escaño.

Medios públicos

Se supone que los medios privados tienen sus legítimas líneas editoriales y pueden apoyar a quienes consideren. Ver las portadas de los periódicos ABC o La Razón en los días previos a la cita del 28A no dejaba duda de sus preferencias, de a quien santificaban y a quien demonizaban. Igual sucede con las cadenas de radio o las diferentes televisiones.

Y se supone que los medios públicos, por el contrario, y parece que es mucho suponer, deben ser completamente exquisitos y posibilitar la más amplia pluralidad, en el que es uno de sus papeles, que no siempre se cumple. Como en la vieja canción de Víctor Jara sobre la situación de los derechos humanos en América Latina, la pluralidad informativa en Canarias se viola domingo, lunes y martes; el resto de la semana, también.

En el debate entre aspirantes a presidir Canarias celebrado al pasado miércoles 15 de mayo en la RTVC, en la nuestra que es más de ellos, de Coalición Canaria, ha quedado en cuestión la utilidad y la razón de ser de este medio público que pagamos todos y todas con nuestros impuestos. No tanto por el formato, por las ausencias (no pudimos ver a la tercera fuerza de la derecha en las Islas) o por el papel de sus moderadores, discretos en su función. Sí, por el embalaje anterior y posterior que se le dio. Con una edición especial del programa El Foco realizada a mayor gloria de CC y de su presidencial candidato, como si fuera un spot de campaña más. Lo que tampoco es una novedad, es práctica habitual del medio y del programa.

Compañeros de viaje

Todo estaba atado y bien atado. En primer lugar, desde la propia selección de los periodistos y las periodistas intervinientes. La mayoría, ellos y ellas y sus respectivas empresas, algo más que compañeros y compañeras de viaje de Fernando Clavijo y Coalición Canaria a lo largo de toda la legislatura. Los que han apoyado con determinación su Fdcan, su Ley del Suelo, sus planteamientos presupuestarios o sus ataques al Gobierno español que a menudo ocultan su mala gestión, su paradójica incompetencia en lo que son sus competencias. Y con Carlos Sosa, más solo que la una y que la Luna, como nota discordante, como voz clamando en el desierto. Hubiera resultado demasiado descarado la ausencia total de voces críticas.

Cabe pensar quién eligió elenco tan desequilibrado. ¿Lo hizo RTVC? ¿Lo decidió directamente el propio Fernando Clavijo? ¿Lo propuso alguno de sus asesores áulicos o de la periferia del palacio? ¿Fue designación divina? Estas circunstancias hicieron que el análisis periodístico fuera sesgado y que, en algunos momentos se convirtiera en una nada disimulada hagiografía del presidente de Gobierno y un paralelo apaleamiento de la oposición. Halagar en exceso tiene sus riesgos y no todo el mundo los sabe calibrar.

Esta situación no se corresponde exclusivamente al proceso electoral en marcha. Durante toda la legislatura el Gobierno de CC ha dispuesto del entusiasta apoyo de importantes medios privados que han maquillado sus defectos, ocultado o manipulado informaciones que le podían perjudicar (el tratamiento del caso Grúas es el ejemplo más evidente, a menudo escandaloso, digno de estudio en las facultades de comunicación) y machacado a conciencia a las otras formaciones políticas y sus líderes.

«Coalición Canaria afronta estas elecciones autonómicas del 26 de mayo como una extraña competición atlética en no menos anómalas circunstancias»

Y, al mismo tiempo, CC ha hecho de la RTVC un medio a su servicio, no al de la sociedad canaria. Entre las responsabilidades del próximo Ejecutivo canario se encuentra, sin duda, revertir la actual situación, logrando que la radiotelevisión pública gane en pluralidad e independencia en sus informativos; y en calidad en el conjunto de su programación que, ocasiones, resulta nauseabunda.

Por lo señalado, Coalición Canaria afronta estas elecciones autonómicas del 26 de mayo como una extraña competición atlética en no menos anómalas circunstancias. Una trucada carrera en la que a un atleta de 100 metros se le permitiera una salida falsa al menos un segundo antes que el resto de los participantes, que a estos se les colocaran sorpresivas vallas en el corto recorrido y que, encima, no se le controlara un posible dopaje al que arrancó la prueba antes de tiempo. Pero con una curiosidad, pese a tanta argucia y ayudas extradeportivas, pese al vergonzante dopaje (en este caso, mediático), aún así es muy probable que no llegue el primero a la meta. El viento de la ciudadanía puede impulsar a otros atletas; y se puede llevar por delante a dopadores y dopados.