Las venas abiertas

El discurso del bar

12/02/2019

Es probable que el billar del bar Hermanos Montesdeoca, y su antigua separación limítrofe con el desaparecido Los Teques, fuera uno de los primeros ágoras de conocimiento que conocí en el barrio.

Fundamentalmente porque allí fue donde por primera vez en mi vida me tuve que enfrentar a la distinción entre argumentos y sandeces. Mientras se despachaban los tales y cuales, la especialidad del local, atendía lo que decía gente con una sapiencia vital admirable, en contraposición con los disparates que pronunciaban aquellos que hacían de la barra y la compañía del John Haig una prolongación de su jornada laboral.

Puede que en aquellas tardes de adolescencia escuchara a alguien proferir insultos a la velocidad con la que dispara un Kalashnikov contra el entrenador de turno de la Unión Deportiva o contra Felipe González, por aquel momento, presidente del Gobierno. Pero nunca pensé que eso podría trascender a ese contexto y convertirse en el vocabulario de cabecera de un aspirante a presidir el Gobierno.

«Me dan miedo las retóricas joseantonianas que solo promueven el enfrentamiento»

Me estremezco cuando escucho a Pablo Casado y compruebo que su argumentario político se circunscribe al uso de términos como felón, incapaz, ridículo, incompetente, desleal, mediocre u okupa.

Crecí en una etapa en la que los libros de geografía estaban sometidos a constantes actualizaciones, donde las fronteras de Europa cambiaban constantemente. No me asustan los debates territoriales.

Pero sí que me dan pavor las retóricas joseantonianas que solo promueven el odio, las que solo responden a los impulsos emocionales de los símbolos para propiciar la refriega, como si estuvieran en la barra del bar, pero con un grado de peligro que no están midiendo.