Ultramar

El deseo de recordar

30/11/2019

Donde mueren los ríos, un libro de Antonio Lozano, cuya adaptación para su lectura dramática hecha por Julio Salvatierra bajo la dirección escénica de Mario Vega y que sirve estos días para volver a rendir tributo a quien hace bien poco y tan pronto nos dejó, inicia sus páginas con una sabia sentencia de Abdourahman Waberi: «La memoria sirve sobre todo para olvidar la herida demasiado viva...».

«La obra de Antonio Lozano cobra estos días aún más vigencia. Hay que mantener viva la memoria, su memoria»

Antonio se ganó el derecho a la memoria. El recuerdo de su obra, literaria y humana, alivia la herida de su ausencia. En las últimas líneas de esta novela escribe: «No pueden seguir cayendo vidas en el pozo sin fondo del olvido». No hay olvido; al contrario, hay deseo de recordar a los que mucho significan. Fue un avanzado que, incluso después de su marcha, sigue aunando voluntades e invitando a mantener el compromiso de caminar en libertad.

En estos tiempos de cólera, el santo y seña de este espíritu solidario, con «la risa como arma, siempre vencedora de la tristeza», hay que memorizarlo, no en vano hizo realidad el manido tópico de la tricontinentalidad de este archipiélago con un festival que unió orillas y amplió horizontes a las islas con valores universales que engrandecen a un país; pero también nos cultivó el espíritu con la narración oral, creó escuela y la prestigió.

Supo ver el valor del turismo rural, apostó por el desarrollo local, nos hizo mirar al horizonte, acercarnos y conocer a los vecinos, sin perder la esencia de lo cercano. Comprometido siempre, sabedor de que la acción cultural no cabe concebirla «como un lujo cultural para neutrales» nos puso, antes que nadie, frente al espejo del drama de la inmigración y nos hizo ver que tras las estadísticas hay un sinfín de desesperados, empujados por la miseria, la hambruna, la guerra. Sabía que mientras sigamos viendo a los otros como diferentes el problema de la inmigración perdurará y el drama seguirá acompañándonos.

Por eso, ahora que vuelve al alza la extrema derecha, con su discurso xenófobo que convierte en dianas del odio a los sin papeles, incluso a los menores desamparados, hay que recordar que en algún momento cualquiera de nosotros podría estar, ya hemos estado, en el otro lado. Por tanto si derecho a la memoria tienen las víctimas de ETA, como nos está recordando Jon Sistiaga en la excelente serie de Movistar sobre la banda terrorista, también lo tienen los republicanos fusilados en el Madrid franquista y a los que el Ayuntamiento de Madrid les ha retirado esta semana las placas que recordaban sus nombres en el cementerio de La Almudena, o los desaparecidos del Valle de Agaete a los que el consistorio de ese municipio olvida porque, según palabras de su alcaldesa en el último pleno, «mejor no volver a mirar atrás». Está claro que la obra literaria de Antonio Lozano, su compromiso humano, tiene absoluta vigencia. Hay que mantener viva la memoria, su memoria.