Papiroflexia

El derecho a morir cuando quiera

14/02/2020
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El asunto no debería tener debate. Un paciente con pronóstico fatal, es decir, con una patología grave, progresiva e irreversible y con riesgo evidente e inminente de muerte tiene todo el derecho a pedir un final digno a su médico. De manera justificada y consciente. Eso significa que nadie tiene el derecho a seguirlo sometiendo a prácticas de ninguna índole para prolongarle la vida de forma artificial. Y, por contra, existe la obligación de acatar su deseo de dejarlo morir tranquilo o de acelerarle la muerte en el momento que él quiera. El debate solo debería plantearse en otros casos en los que los enfermos no tienen capacidad de decidir o su situación no es irreversible.

Porque el derecho a morir debería ser considerado un derecho natural. Como el derecho a la vida. Sin embargo, la humanidad ha tenido que librar una dura batalla durante las últimas décadas para poder ejercer la decisión de vivir o morir cuando nos da la gana debido a sesgos morales y condicionantes religiosos.

«No hay derecho a vivir a cualquier precio, sin condiciones dignas y con sufrimiento y dolor irreversibles...»

Los casos de Ramón Sampedro o, recientemente, el de María José Carrasco, que tuvieron que exponerse a la opinión pública por la sinrazón e hipocresía de una parte de la sociedad que se permite decidir y juzgar la vida de los demás, demuestran que es necesaria una nueva ley que solucione el supuesto en el que una persona con una enfermedad irreversible y sin tratamiento pueda solicitar que se le administre una medicación que ponga fin a su vida de manera anticipada. No hay derecho a vivir a cualquier precio, sin condiciones dignas y con sufrimiento y dolor irreversibles e intolerables.

Se trata de un tema muy serio, que se debe abordar con un debate profundo. Por eso no se enciente que muchos de los que están en contra argumenten motivos religiosos o se banalice con el ahorro médico como reproche para hacer ruido. Los recursos paliativos a los que se agarran los contrarios a la eutanasia para justificar la vida de cualquier forma, suponen una alternativa más para aquellos que mantengan la esperanza. Pero no son incompatibles a la eutanasia. Y es que siempre habrá una minoría de enfermos en la que los remedios disponibles no sean efectivos.

¿Es necesario alargar la agonía cuando solo se esperan milagros? ¿Estaría dispuesto a alargar sus días postrado en una cama, drogado y sin esperanza? «Yo me quiero ir ya... Por favor, ayúdame», le dijo María José a Ángel en la víspera de su muerte. Alto y claro. No hay duda. Se trata del derecho a decidir de cada uno, lo otro es solo un espectáculo político santurrón anclado en el pasado.