Primera plana

El debate de un país dividido

23/07/2019
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Se habla de frente popular en caso de que triunfe el Gobierno de izquierdas esta semana conformado por el PSOE y Podemos y a la par otros apelan a un frente nacional (que no es el francés de Le Pen) cuando las tres derechas se entienden o incluso especulan con concurrir juntos a unas potenciales elecciones generales. Pero es, en todo caso, un vocabulario que alza el frentismo y el relato guerracivilista. Y a medida que avanza la negociación al calor del Congreso de los Diputados y afloran estos mensajes, es inevitable acordarse del escritor Arturo Barea en su genial descripción del ambiente social del Madrid de los primeros días de la Guerra Civil que narra, junto a otros extremos, en La forja de un rebelde; una lectura imprescindible para todos los apasionados de la política y la historia de este país.

Lo que es evidente es que la elevada fragmentación del sistema de partidos propicia la actualidad del parlamentarismo que observa ahora una oportunidad para reivindicarse ante el predominio del poder Ejecutivo insuflado por las mayorías absolutas de antaño protagonizadas tanto por el PSOE como por el PP. El Parlamento tiene ante sí un momento idóneo para hacerse valer y para ello es imprescindible que le acompañe la categoría política e identidad individual de los que ocupan sus respectivos escaños.

Por supuesto, los problemas del país persisten y esperan a que se confirme, por fin, un Gabinete. Pero no es menos cierto que en función de cómo y quiénes integren ese Gobierno, las respuestas a las problemáticas serán unas u otras. Y, sin duda, muy diferentes. Claro que hay una lucha partidista por la titularidad de los ministerios, faltaría más, pero es que solo desde las instituciones pueden plasmarse las políticas a llevar a cabo. No es una pugna por nombres, que algo habrá, sino sobre la concepción que se tiene sobre el futuro del Estado.

¿Cómo de estable será la legislatura que podría iniciarse esta semana? Nadie lo sabe en cuanto que es una fórmula inédita el acuerdo entre PSOE y Podemos y el respaldo de otros grupos que también son precisos. De hecho, es algo nuevo dentro de la izquierda pues ya en 1993 Felipe González pudo pactar con IU (liderada por Julio Anguita) y se decantó por entenderse con los nacionalistas catalanes durante el esplendor de Jordi Pujol. Esto último fue aún en época del bipartidismo. Y Pedro Sánchez entró en escena justo cuando este decaía y se desconocía el alcance de Podemos para tumbar al PSOE. Fue aquello un punto de inflexión tanto para el PSOE como para el sistema de partidos en su conjunto, hasta el límite de que la irrupción de Vox es reciente. Sería erróneo concebir que la certidumbre de tiempos lejanos vuelva. Esto es otra cosa: un relato político que se escribe por meses. Una ambición de poder digna de los egos de la posmodernidad. Y se añora, y con razón, la enjundia de los dirigentes de antes. En esto sí que hemos perdido todos.