...y los gatos tocan el piano

El ciudadano y la concejala

03/11/2019
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Que el joven Alberto Starkmann quiera competir en el concurso de Reina del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria no resulta sorprendente a estas alturas del siglo XXI. Es tan lógico que las mujeres reivindiquemos nuestro derecho a participar en ámbitos reservados, hasta ahora, a los hombres, como que los hombres deseen hacerlo en espacios hasta ahora circunscritos a la participación de las mujeres. Añádase a eso lo lábiles que son hoy las fronteras entre lo masculino y lo femenino.

Lo que podría sorprender es que un gobierno municipal en el que participan el Partido Socialista y Unidas Podemos no haya acabado aún con el anacronismo de sostener con dinero público un concurso en el que se premia la creatividad de un disfraz, pero en el que solo pueden participar las mujeres. Algo que está tan fuera de los estándares progresistas como lo puede estar un concurso, por ejemplo el de drag queen, en que solo pudieran participar los hombres. Ese es el mundo viejuno de aquella canción de Fernando Esteso que decía que los niños debían estar con los niños y las niñas con las niñas. Habría que preguntarse si el progresismo de socialistas y podemitas es solo «supuesto», como aquello del valor de los varones en las antiguas cartillas militares, hasta que se demuestre lo contrario.

Lo que sorprende, entonces, es que la concejal responsable del Carnaval, Inmaculada Medina, tenga responsabilidades de gobierno, pues no debería ser propio de quien ocupa un cargo público espetar argumentos del tipo: «yo no lo veo» o «que pida que se haga un certamen de rey del carnaval» a quien demanda, como Starkmann, algo tan obvio a una administración.

Es cierto que para ser concejala es suficiente el voto de la ciudadanía, por encima de lo cual no hay análisis de capacidad que valga. Pero no es menos cierto que tener responsabilidad en la gestión municipal depende de que se la asigne el alcalde o alcaldesa. Esa es la parte que no se entiende en quien es incapaz de esbozar un argumento ante una solicitud razonable de un ciudadano.

Se trata este de un problema habitual, que consiste en que mientras que la ciudadanía empuja, la clase política frena. Así, es el ciudadano Starkmann quien contribuye a crear una ciudad mejor, más moderna, amplia e inclusiva, mientras que la concejala Medina empuja, reacciona, con fuerzas desatadas, para mantenernos en el pasado bajo el intelectual argumento de que ella no lo ve.